No siempre duele la muerte de un mito, no importará la caída de un necio, de un mentiroso, de un falso. Tierra de arena, carne y júbilo de extrarradio. Un adolescente camina junto a su padre hacia el Príncipe Felipe y vuelve con él, los dos más viejos, quince años más tarde con la misma ilusión y mejores historias para contar. El recuerdo tiene nombre de bancos y de jugadores negros como el carbón que se disfrazaban de Rey Baltasar en la Cabalgata de Reyes. El recuerdo, entranador, coach Abós, tiene el nombre de la tristeza, de Rafa Martínez Sansegundo, de Mel Turpin, de Kevin Magee...el recuerdo y el honor, maestro, se esconde entre mis viejas Gigantes del Basket, mil veces leídas, apartando el polvo de los noventa: Abós entre los aburridos esquemas de Pesquera, junto a los guerrilleros de Julbe (y aquellos geniales hermanos Angulo), en la instantánea perdida de las huestes jóvenes de la cantera tantas veces campeones. Allí, Abos, serio el gesto, volcán de baloncesto, erudito en Wake Forest tras el fantasma de Tim Duncan. En esta sociedad de mercachifles y diplomados de la desvergüenza, de arribistas sin mérito, José Luis Abós llevó al balocesto de su ciudad hasta la gloria efírmera de la ovación y las risas, con un bagaje y un aprendizaje fundamentado. Abós era baloncesto. Y a mí Abós me devolvió la ilusión por el baloncesto, la pasión de la ciudad. No hacen falta demasiadas victorias...ver el partido junto a mi padre, tres lustros más tarde, saludar a Paco, preguntar a Carmen y Víctor por Candela, darle un abrazo a Nacho o compartir alegrías con Sergio y Amaya. Poco más. Escribo a mi amigo el escritor Rodolfo Notivol, que le gusta el basket con locura. Hablamos de Félix Romeo y de uno de los cuentos de Sherman Alexie, "Saint Junior" en el que sale esta frase: "Él creía en la libertad de expresión, en su mujer y el baloncesto". No hay una táctica para jugarle a la vida y la mayor parte del tiempo nos conformamos con bloqueo y continuación. Cuánta tristeza.
Columna aparecida el 23 de octubre del 2014 en el Heraldo de Aragón
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sábado, 25 de octubre de 2014
sábado, 28 de septiembre de 2013
Casavella y los Gasol
En estas últimas semanas he vuelto a uno de mis autores de cabecera, Francisco Casavella. El último maldito, el barcelonés errante, dotado de una pluma superlativa que le hizo entregar obras magníficas como “Un enano español se suicida en Las Vegas” o mi favorita: "Quédate", donde retoma un imaginario barcelonés que lo entronca con otros grandes creadores: el Turó Park, el Barrio chino o los punk rockers enamorados que escuchan a los Clash. Casavella, como Loquillo o el autor del Makinavaja, el desaparecido Ivá, habla de una Barcelona cosmopolita, pero también de barrio y memoria, perfectamente emparentada con el resto de España por esas redes subterráneas de sangre, charnegos y equipos de fútbol. Ninguno parecía sufrir en sus carnes el hastío españolista y salvo apostátas de la rumba de última hora, es algo que parece común en la obra de los artistas catalanes. Y es que partiendo de que cualquier conflicto territorial, desde Gibraltar a la inmolación euskaldun que trae la desaparición del equipo ciclista Euskaltel, tiene carácter de cortina de humo, la idea de unos hijos de España orgullosos de su patria parece una distopía en el presente, una contradicción andante donde el independentismo, con su carácter cainista, es lo más español que queda en la piel de toro. Es una sensación de amancebamiento entre regiones, caduca y llena de alcanfor, la que nos llega a los españoles: nos roban, les roban, miles de informes firmados por universidades de siglas repetidas, públicas y privadas, economistas mediáticos que demuestran una cosa y la contraria con solo cambiar de canal o de periódico y sobre todo "profesionales de reconocido prestigio" que emiten juicios contradictorios sobre la viabilidad histórica y política del proceso secesionista. La contradicción llega hasta mí: zaragozano, aragonés, español, que ya no sé decidir si el problema es suyo, si lo es mío o si en realidad es un problema. Entristecido, preocupado por la mayoría callada y el miedo que alimenta su silencio, lo único inamovible, y te lo digo muy claro, Oriol, si al final nos separamos, para ti Piqué y Carles Pujol y para mí los Gasol. Eso sí que es innegociable.
Columna publicada en el Heraldo de Aragón del jueves 26 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
El último vals del Indio Díaz
El final del verano coincide con mi cumpleaños y este año me han hecho el mejor regalo en mucho tiempo: un abono de temporada para el CAI Zaragoza. El baloncesto es grande, muy grande: con su épica de partidos trepidantes, con su panteón mítico de enormes individualidades y ese alejamiento mediático que supuso para mi generación la NBA. Cuando estoy un poco bajo de ánimo, se lo voy a confesar, me pongo en Youtube el concurso de mates del All Star del 2009, el día que Rudy Fernández hizo su primer mate con la camiseta de Fernando Martín (con tilde en la i, claro). Todavía soy capaz de recordar uno a uno a los jugadores del equipo que hizo el ridículo en el mundobasket de Argentina 90 o el que perdió con Angola en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Emocionarse con las derrotas es signo de madurez...o eso dicen. En la temporada 90-91, con el Pabellón Príncipe Felipe recién inaugurado, mi padre y yo cogíamos la línea 40 desde la Plaza de San Francisco hasta la Avenida San José con Cesáreo Alierta y caminábamos hacia la Granja, donde se alzaba el imponente polideportivo. Aunque años después disfrutaría de los conciertos de Leonard Cohen o Miguel Ríos, los primeros momentos de pasión entre esas cuatro paredes fueron aquella temporada. Era la época del segundo advenimiento de Kevin Magee y mi último año de EGB. Ruiz Lorente o Fran Murcia, Lucio y Alberto Angulo, Aitor Zárate que vino para diez días, Dani Álvarez que estudiaba ingeniería en el Centro Politécnico Superior, José Miguel Hernández cedido un año en el Magia de Huesca, todos tienen un hueco en mi memoria. Después, parpadeo un segundo y tengo treinta y cinco años y espero las listas de interinos de secundaria cruzando los dedos para tener algún destino. Aunque este curso, por lo menos, volveré al Felipe.
Columna publicada el 1 de septiembre del 2013 en el Heraldo de Aragón
viernes, 21 de junio de 2013
Drazen y Trecet
Hay veces que la vida se te lanza encima y es muy difícil evitar chocar contra ella. Hace unos días volví a una de mis viejas aficiones, el baloncesto. La euforia por la clasificación del CAI Zaragoza para semifinales de la ACB se diluye entre la voracidad del triste monstruo futbolístico y este estío fallido que no llega. Vuelvo al año 1989, a la final de la Recopa de Eupora de baloncesto: Real Madrid-Snaidero de Caserta. ¿Os acordáis? Seguro que sí, Drazen Petrovic 62 puntos y Óscar Schmidt 44. Y Ramón Trecet radiando la final desde Atenas. Trecet lo sabía todo. Casi todo, en realidad: no sabía que al año siguiente Fernando Martín (que metió los puntos decisivos en la prórroga de aquel partido, no lo olviden nunca, Fernando Martín, con tilde en la í) se mataría en un accidente de coche y que unos pocos años después Petrovic moriría de la misma manera tras jugar con su nueva selección, Croacia. Al final de la década de los ochenta el baloncesto alcanzó su perfección absoluta con los chicos de Yugoslavia. El combinado plavi destrozó todo los mitos, los soviéticos y los norteamericanos, con un juego vistoso que combinada lo técnico y lo físico. ¿Y después? Después odio, muerte y división. Ellos eran los mejores jugando juntos, sin necesidad de mirar su carnet de identidad. Eran los mejores porque tenían algo en común, a pesar de que sus gobernantes, sus imanes y cualquier político con delirios nacionalistas les dijera lo contrario. No me quiero poner moralista pero me acuerdo de Kukoc y Radja con la Jugoplastika, me acuerdo de Don Francisco enseñándonos Geografía en séptimo de EGB. Fuimos la generación que aprendió la geografía europea más fácil de la historia. Eres un trágico, Octavio. Claro, y también nos parecía normal que los equipos griegos ficharan a golpe de talonario a Dominique Wilkins, porque el dinero del Olimpiakos del Pireo salía de los bolsillos de los armadores. Trágico y agorero...no quiero olvidar tampoco los grandes pabellones construidos en todas las ciudades y los pueblos de España. Pabellones titánicos. Era una gran época aquella, construir era gratis, porque el dinero público no era de nadie y todos teníamos que tener una Exposición Mundial (o universal o galáctica, qué sé yo). Aquellas sesiones de televisión de madrugada, cerca de las estrellas, soñábamos con que nuestro compañero de pupitre, el alto, el Pau, jugara en la NBA y nosotros seríamos ingenieros en la NASA o, los más mediocres de la generación más preparada de la historia de España, nos sacaríamos una oposición y veríamos los partidos desde una televisión con las sobras de la tasación de la hipoteca. Esos sí que eran buenos tiempos.
Columna aparecida en el Heraldo de Aragón del 13 de junio de 2013
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