martes, 31 de julio de 2018

Callejero (I): Fantasma de Turpin


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En la Zona, con z mayúscula, los bares tienen tantas arrugas que es difícil entrar en sus recuerdos. Sus habituales se han acobardado y caminan con pesos en los pies y no les sostienen la mirada. En la Zona estaba el Boxes y estaba Green. En Green bebía cocacola y llevaba el pelo hacia arriba. En Green no había amor. Pasar una adolescencia hambriento y seguir hambriento hasta que te imaginas como un nuevo padre, con dominios y todo. En las calles de la Zona deambula el fantasma de Mel Turpin, casi siete pies de primera ronda del Draft. En la Zona Mel Turpin sigue enfado con Frank Layden y la culpa no puede ser de Leon Wood. Turpin abraza a Fernando Esteso. Esteso en el Belvedere. Esteso va fuerte y toma Chivas y pide coca. L. sueña con Berlín al otro lado de la barra. L. nota cómo le crecen las alas en la espalda y se pregunta qué hará cuando Dios le envíe una señal que no pueda dejar de escuchar.

sábado, 8 de julio de 2017

Octavillas pop (IV parte): 1ºTemporada


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  Historias de hermanos aragoneses (de los Saura a los Fuembuena pasando por los Angulo),
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Los lugares abandonados de Aragón: Casino de Montesblancos, el sanatorio de Agromonte, Belchite....

Octavillas Pop (II parte): 1ºtemporada


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Las carreteras y montañas de Aragón han sido escenario de gestas históricas del ciclismo. La década de los 70 y la de los 80 han regalado episodios de este deporte a su mitología. Desde el ascenso a Formigal, o nombres como Mertens, Hinault, Gastón, Perico o Laguía son ascendidos al olimpo en esta Octavilla Pop

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Abraham Abulafia fue un cabalista español,1 nacido en Zaragoza (1240-1291) que vivió en Tudela y viajó por Tierra Santa en 1260. Abulafia recopiló 26 escritos teóricos, de los que se conservan varios, y 22 obras proféticas, de las que se conserva sólo el "Sefer ha'Oth". Octavio Gómez Milián pone su impronta personal a la historia de Abulafia.

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Octavio Gómez Milián revela en esta Octavilla Pop algunos de los secretos mejores guardados de Cass, "la chica más guapa de la ciudad", mítica canción de Masbirras. Porque detrás de Cass, hay una gran historia de espíritus creativos. Sin duda, una octavilla que "pincha" el corazón

Primera temporada de Octavillas Pop: un resumen (II parte)

La primera temporada de Octavillas Pop en Radio Ebro ha recorrido mitos, lugares, gente y leyendas de nuestra región...aquí os las presento (escuchad y descargad)

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María Andrea Casamayor y de la Coma, la matemática que revolucionó el mundo en el SXVII 

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Antes de HG Wells, el "El anacronópete" del aragonés Gaspar y Rimbau viajaba en el tiempo...¡Viva el Fluido García!

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El Duende del Hornillo: la historia y el misterio que hizo cambiar a España allá por los años 30. Y es que en pleno siglo XXI todavía se habla de ello cuando se pasa por delante de esa casa de la calle Gascón y Gotor

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"El mar es un extraño en Aragón". Pero está presente en nuestras vidas y en la poesía. Los poetas Julio Antonio Gómez, Ángel Guinda, Ángel Gracia; el pintor José Orús o el arquitecto Magdalena son algunos creadores que han amado el mar a través de sus obras.

lunes, 13 de marzo de 2017

Octavillas pop (I): Lambán I y Octavillas pop (II): La pintura maldita del CAI Zaragoza

Octavillas pop vuelve a las ondas, vuelve en Radio Ebro junto a Olivier Villain todos los viernes al filo de las 13h.

Historias extrañas, lugares olvidades, personajes insólitos, leyendas o casualidad: pop(ular), canciones, conciertos, mitos....de Zaragoza hasta todo Aragón.

No te las pierdas cada viernes, a las 12:55 horas en Radio Ebro, 105.2 FM.

Os invito a escuchar y descargar las dos primeras entregas:

Félix Lambán, la historia de un campeón del mundo de lucha libre en los años cincuenta desde las Cinco Villas. 



La pintura maldita del CAI Zaragoza: las casualidades se llevaron por delante a los mejores jugadores americanos (y ucranianos) que jugaron bajo los aros del CAI Zaragoza en los años ochenta y noventa. 

sábado, 29 de octubre de 2016

El ocho (un texto para Conexión matemática)



Elijo el ocho porque es tierra de nadie. A veces pienso que sería más feliz con ocho dedos. ¿Con cuál de todos no me quedaría? ¿Qué parte comerías? ¿Qué parte elegirías? Bajo el musgo viven las setas. Bajo las setas viven caracoles. El ocho dividido por el cuatro y el cuatro a su vez por el dos. El dos nunca está solo. Por eso miramos el cielo esperando dos soles y se termina haciendo de noche. Así podemos volver a respirar. Ya no está sola la luna. Dos lunas de tarde como el poema de Federico García Lorca. Pero he elegido el ocho y elijo la suma: elijo tres y cinco. Y ya tengo dos números primos. Y elijo el uno y el siete y dudo, ¿le presto un jersey al uno? Hace frío y está lejos de su casa. Y solo, el uno siempre está solo. Aun cuando me falte un dedo en cada mano seguirán estando los dos unos solos. Bajo la tierra hay una raíz que crece y se convierte en tallo, el tallo tiene cuatro ramas y en cada rama hay dos hojas. Son ocho de color verde y el caracol solo sobre el terruño gris sube por encima de las cuatro setas y espera que los tres buitres no traigan hambre atrasada. Qué triste es el ocho cuando se parte en dos de pena y no hay nada que lo una. Qué lindo es el ocho cuando se tumba y sueña un sueño infinito.  

sábado, 20 de agosto de 2016

La vida en la frontera: un relato para el verano

Relato aparecido en el Heraldo de Aragón de jueves 18 de agosto (fotos de Ana Lacarta)

¿Dónde se bifurca la vida? En el límite, en la frontera. Busco mi primera parada: la Ermita de la Raya; límite entre Castilla y Aragón. En su pila bautismal el bautizado adquiría la doble condición de castellano y aragonés. Sigo con el dedo la línea sobre el mapa y como un mirón contemplo el beso de Aragón con Castilla que entra y sale de ella como un meandro, como la desembocadura de un océano antiguo, un continente añejo. 


Ermita y castillo de la Raya (Pozuel de Ariza)

La tierra es roja y el aire sabe a polvo en la frontera, como si todas las vías muertas, de noche y a traición, invocaran a los antiguos trenes para que levantaran falso testimonio. El único superviviente va desde Zaragoza hasta Arcos de Jalón. Los pueblos se cierran sobre los vagones con el hambre antigua de los apeaderos fantasmas. Vivir en la frontera es buscar el final de los kilómetros, ver cómo los autobuses de línea desaparecen. 


Vía muerta (Pozuel de Ariza)


En Ateca se respira el cacao y las muchachas guardan en su armario los vestidos de sibilas. En la frontera todavía hay huellas de la antigua Nacional que atraviesa los pueblos. Cuentan que los camiones pasaban tan deprisa por las calles estrellas que a veces arrancaban trozos de los balcones. La vida en la frontera no espera. 


Chocolates Hueso (Ateca)
Conjunto urbano (Ateca)

Desde Ateca en dirección al pantano de la Tranquera. Los árboles se cierran sobre los lindes de la carretera y dejamos a la izquierda Carenas; el camino es estrecho y mareante hasta que se abre a la luz del agua estancada de la Tranquera. Nuévalos abraza al visitante con cariño y el Monasterio de Piedra es uno de los lugares telúricos donde se entrecruzan fe y lo pagano. Seguimos subiendo, los pueblos en la frontera están siempre cerca de los cauces. Superviviente de la ribera, Aragón aquí sabe a congrio seco y garbanzos y sonlas manos secas y ajadas de los que trabajaban la soga y el cereal las que sobreviven. Miles de girasoles, como testigos mudos, estatuillas sin ojos que siguen con su mirada imposible al viajero. En Nuévalos hay un silo en la entrada del pueblo. Alguien ha escrito "sala de arte" sobre el recuerdo del Servicio Nacional de Trigo. Seguimos avanzando y dejamos a la derecha el Hotel Las Truchas, cuentan que en los setenta Peret se dejaba caer por aquí y las juergas todavía se recuerdan. El vergel de la ribera se extingue mientras subimos y subimos.




Campillo

Más de mil metros sobre el nivel del mar en la frontera. Paisaje lunar que anuncia que llegamos a Campillo, el último pueblo antes de Guadalajara. Campillo es un pueblo de calles estrechas y empinadas y el calor de su mediodía es solo una tregua que anuncia la llegada de la noche, siempre hambrienta y heladora. En Campillo hay dos iglesias y en la más alta cuentan que se guarda una Sábana Santa, una síndone menor. No se puede distinguir Aragón de Castilla, ni en el primer paisaje ni en la gente que espera el final, la entropía de la juventud que desaparece. El único chico del pueblo cuando baja al instituto de Ateca lo llaman Campillo. Campillo, el chaval, es el último que queda en el pueblo. No se puede decir que has vivido Aragón entero si no conoces la frontera. Uno no sabe si los días aquí son una condena o una bendición.



jueves, 5 de mayo de 2016

Interino 17: La independencia se paga

Estoy escribiendo una reseña sobre Los idiotas prefieren la montaña de Aloma Rodríguez para la revista Afiche. Me doy cuenta que el día de la presentación no pude contar todo lo que quería. Me doy cuenta de que sigo en un exorcismo continuado y prohibido. ¿Quién cerrará este círculo? El pleonasmo, el pleonasmo. 

Cuando operaron a Sergio Algora pasó semanas en una habitación de hospital. La peor abstinencia -puesto que estaba lo suficientemente medicado- fue la sexual. Su amigo Andrés Perruca le llevaba revistas de mujeres desnudas y artículos ilegibles para provocarle. Sergio contaba que cuando la enfermera le quitaba las grapas que mantenían su cuerpo unido el simple olor de su perfume lejano le producía una erección. Dolorosa, como todo lo que fuera sangre y carne. Y todo era sangre y carne en aquella época, sangre y carne dolorida.

Sergio Algora murió a la misma edad que su admirado Boris Vian. 39 años. Vian, tal y como me contó el mismo Sergio un domingo que comíamos en su casa, falleció de un infarto horas después de ver lo que él considerada una inefable adaptación cinematográfica de su obra Escupiré sobre vuestras tumbas. El corazón. El órgano de la sangre y la carne dolorida.

Sufrí el Sergio enfermo. El de las latas de atún de madrugada y la cola del sintrom. Me levantaba, a veces sin haber dormido más de una hora o dos, e iba a la fábrica. Sergio se quedaba durmiendo y me decía que le llamara a mitad de mañana, cuando parara para el almuerzo. Que entonces él se despertaría, se ducharía y, sin lentillas, iría al hospital. No lo hizo nunca. 

Sergio me prestó la única biografía que existía en español sobre Boris Vian. Nunca pude devolvérsela. También se dejó una chaqueta, una cazadora en casa. Había sido de Andrés Perruca y la llevaba el día que le presentó su primer libro a Aloma. Ana me hizo tirar aquella cazadora. No sé porqué le hice caso. El amor es más fuerte que el olvido. En casa dejaste olvidado también el manuscrito con la letra de El hombre que perdió los papeles, una canción del último disco de la Costa Brava. No sé si esto es un pleonasmo pero sí que es una casualidad de narices. Luego seguimos con las casualidades. Una más, antes de que se me olvide. El día que murió Sergio me puse tan nervioso que terminé en un centro comercial muy lejos de todo, en el Actur. Me pasé la mañana comprándome pantalones para ir su entierro. Carmen vino a buscarme con su coche. En una horrenda librería clónica que había en la planta calle de aquel centro comercial encontré, aquel mismo día, en la sección de poesía, un ejemplar de Envolver en humo, el primer libro de Sergio, editado por Manuel Martínez Forega, antes del crack de Panero que trajo Nacho Vegas. El ejemplar estaba firmado. 

La muerte del padre de Sergio, aquel personaje pícaro que protagonizaba el Día del Cielo fue unos años después. Nuestros padres, el abrazo protector y cómplice que ha sido nuestro mejor combustible. El día que mi madre conoció a Sergio fue en su casa. En casa de mis padres. Habíamos estado comiendo y Sergio quería imprimir sus nuevos poemas. Había ganado un premio con ellos. No teníamos impresora. Ninguno de los dos. Mi madre sí, claro. La independencia se paga. Otra vez tenía que ir al programa de Borradores. Se nos hizo tarde. Le propuse coger el autobús. Un hombre de tren y taxi. La independencia se paga. Todos tenemos vicios adquiridos, de nuevos ricos, de antiguos pobres. Yo compartía uno con Sergio, usar coche con chófer femenino. Lo he tenido que abandonar con el tiempo. La independencia se paga.


Había estado en pocos funerales antes que el tuyo. La pérdida de la inocencia no la suministra el sexo ni la droga, la pérdida de la inocencia la trae la muerte. Y toda la vida habla de la muerte. La muerte nos sorprende siempre. Es inoportuna. Llega a la casa sin haber sido invitada y cuando se marcha no hay nadie capaz de acabarse las copas, tan calientes y sin hielo. ¿Cómo me voy a morir me decías? Ahora podría morirme, delante de ti, como un pajarico. Llevabas las piernas hinchadas y el vaso de vino estaba vacío.

Unos días antes de la presentación recuperé unas fotos que nos hicieron en la Plaza Santa Cruz. No hay muchas fotos de Sergio. Una mezcla de desdén tecnológico y oficialidad pop. Sergio era de la nobleza y solo tenía fotos oficiales. Me gusta recuperar esas fotos, en una terraza, después de comer. Más allá del Bacharach y de la fiesta interminable. Los dos vestimos igual: unos pantalones demasiado anchos con los bajos rotos y sucios. Calzado mestizo, ni zapatilla ni zapato. Hay momentos en los que reímos y otros en los que bebemos champán tibio. Ya no está Sergio ni está el restaurante donde comimos aquella tarde. El Portolés se llamaba. 

Tampoco está el alcalde que se convirtió en personaje involuntario de las columnas de Sergio en el Heraldo. El Heraldo y su manual de estilo para cómo se sobrevivir a una guerra. Hay gente que nos bajamos del barco y otros siguen que subidos mientras escupen el agua que les entra por el culo.

Quería hablar el día de la presentación de Gainsbourg, pero no me dejaron. Se hacía tarde, me estaba pasando de tiempo. Antón Castro le preguntaba a su hija: ¿Quería ser Sergio Gainsbourg? Yo no quise leer la respuesta. Yo sabía la respuesta. El tenía miedo de convertirse en Gainsbourg. Guardo el recuerdo de una confesión a ese respecto que creo demasiado íntima para cualquier vía pública, si le interesa a alguien que pregunte.

La precisión paranormal con la que describe la muerte en sus poemas, sus amigos (Richi, Jesús, Aloma y yo mismo por ahora) con los que contactó en sueños después de muerto. Las botellas lanzadas al mar de la red (y vacías, en todo lo virtual), contenían el manuscrito Algora, el que hablaba del segundo Sitio de la ciudad. Y que sobrevive en distintas versiones en distintas manos.

Hay más casualidades. Como que Javier Corcobado recuperara en su repertorio solista su versión de Getsemaní de Jesucristo Superstar la última vez que tocó en Zaragoza. 

El dolor llega al terminar las historias. Por eso nunca nos detenemos. No hay yodo ni arnica en ninguno de los finales que usemos o que intentemos. Ana me dice que detenga la riada, como si hubiera diques suficientemente resistentes. Son como chispazos en la memoria que lo desbordan todo. Imagino que tiene que ver con el alejamiento emocional de mi ciudad. Y también físico, no seamos estúpidos. Hay sitios que solo conocí gracias a Sergio, sitios donde la barra todavía tiene una huella de su codo, de su torso inclinado en busca de un trozo de bacalao rebozado. Tan sencillo como eso. La mejor de las prosas atrapada por la grasa, entre los dedos. 

martes, 29 de marzo de 2016

Ismael Grasa: Una ilusión (yo confieso)

El próximo viernes se presenta el nuevo libro de Ismael Grasa, Una ilusión. Será en la librería Portadores de Sueños

El autor conversará con Ignacio Martínez de Pisón el viernes 1 de abril a las 20h en Los portadores de sueños (C/Blancas, 4 - Zaragoza).




Una ilusión es un libro definitivo. Es un libro de corazón abierto. Sin desbocarse, con la sutileza de Ismael, con la paciencia del guiso. Quería llamar a este texto El hombre tranquilo o también la Distancia breve, pero al final, lo llamaré Yo confieso:

Estaba en Huesca con una ex-novia. Periferias 2004. He contado mil veces la historia. Seguíamos con la época de los fanzines. Leopoldo María Panero, vino, patatas y mejillones. Yo no entendía nada. Víctor Coyote estuvo a punto de pegarme en el camerino. Había estado viendo la exposición sobre el Tránsito que había comisionado Ismael Grasa. Me pareció algo increíble. Estoy seguro que lamenté no haber estado en aquella época siendo un punk rocker enamorado viendo a los Mestizos. Ahora lamento no volver a aquella época en la que entrevisté a Servando Carballar en calzoncillos. Es bueno no conformarse con casi nada. Siempre que pienso en Ramón Acín, en Huesca, me imagino una conversación imposible entre Acín, Javier Aquilué e Ismael en La Zarza y no sé quién tendría mejor carcajada.


Unos años antes habíamos estado en casa de Ismael y Eva. Yo iba a tener una novia distinta unos meses más tarde. Un poco gracias a ellos. Comimos pasta y estaba muy picante. El vino venía muy bien. La casa era muy luminosa y estaba en una calle en la que nunca había estado. Ismael me regaló un número del fanzine “La piel de la badana” y unos años después los dos tomos de “La vida en un puño”, la biografía de Perico Fernández que escribió Mariano Gistaín y José Antonio Ciria. Lo he contado otras mil veces pero no siempre encuentro tiempo y ganas para sentarme y darle a las teclas: en la portada de Flamingos, el disco de Bunbury del año 2002 aparece el campeón del mundo animando a Enrique, que lleva el calzón de Escriche. En ese disco magnífico hay un tema San Cosme y San Damián. La letra dice: “como un verano que pasó/ que empiezo a echar de menos
como una cucharada de sal /que se disuelve en zigzag /en el mar” Bunbury hablaba de la muerte de su hermano. En Una ilusión Ismael habla del viaje que hizo con Félix Romeo a la ermita de San Cosme y San Samián, cerca de Barbastro, en la Hoya de Huesca. Allí dos hermanos quedarán atrapados para siempre entre “las anchas alamedas/los puertos de ultramar,/las perseidas en el cielo
de la noche elemental/.Como una canción de Bunbury, como en una canción de Berrio. Hay sangre que va más allá de la sangre. Hay hermanos que van más allá de la carne y del ADN.


Una noche de diciembre de 2008 Ismael y yo íbamos en un coche descendiendo desde Monzón hasta Zaragoza. Era un sábado o un viernes. Por aquella época tenía muchos asuntos pendientes cada noche de fin de semana. Ismael había cumplido ya los cuarenta años. Yo estrenaba con gusto los treinta. Pasamos por Almudévar y hablamos de la trenza y de las discotecas de música electrónica. Todas las historias que había oído de Ismael en China retumbaban en mi cabeza. No me atreví a preguntarle nada. Así que ahora que lo leo en Una ilusión me quedo más tranquilo. Busco en internet e imagino que hicimos Almudévar, Gurrea de Gállego, Zuera y Villanueva de Gállego. Según el mapa son 140 km de noche, hora y media larga. Supongo que nunca he estado tan cerca de ser un personaje de un cuento de Ismael como aquella noche.


Cuando Ismael presentó El jardín llovía un poco. Parecía que había vuelto a escribir con regularidad después de la muerte de Félix. Llegué a tiempo para mojarme un poco, desde casa de mis padres, un autobús, dos autobuses, tres autobuses. Detrás de Ismael había un estante con sus libros antiguos. Compré De Madrid al cielo. Quería que me dedicara El jardín a Ana y el de Madrid a Ana. Lo hizo al revés. Acertó, como casi siempre. Sigo leyendo el libro porque el chico flaco que sale en la fotografía se lo hubiera pasado muy bien con Luis y conmigo en el limbo atemporal en el que ninguno hubiéramos cumplido treinta años. Yo creo que ambos, Luis y yo, hubiéramos sido buenos escuderos de aquel Ismael Grasa. Así que cada vez que lo hacemos reír me emociono.

El 2 de diciembre de 2015 Ismael Grasa caminaba por Ateca, observaba la fábrica de Hueso y el lugar donde se encuentran el Manubles con el Jalón. En el libro hay un capítulo en el que habla de balnearios. Algunos de ellos están muy cerca. El que está en Alhama de Aragón. Nunca había pensado que podría haber material para un mitómano en un balneario. Nada teniendo en cuenta que a pocos kilómetros de Alhama está Carenas, el pueblo donde nació Manolo Kabezabolo y a otros pocos kilómetros está Jaraba, donde nació Santi Ric. En Jaraba también estuvo Ismael.

Diez años antes, en el 2005, escribí un poema que se llamaba Ismael y Eva. Había una cita de esas que no se esconden. Porque Ismael es poeta de cabecera de los que seguimos buscando: “Esa ocasión en la que me iba arrimar a ti/y el resto de las veces en que tampoco lo hice/y el considerar más adelante, sin falsas sorpresas/que nunca hay cuerpos suficientes/que compensen/un abrazo no dado en el momento”. Eva estaba en la biblioteca de Ateca dando una charla. Hablaba de Ropa tendida, su primer libro de relatos. En él hay un pasaje que me ha mantenido en vilo muchos años. La protagonista tiene que ir a recoger las llaves de un piso de protección oficial en un acto institucional y su novio se niega a acompañarla. Está tan bien escrito que cuando mi suegra leyó el libro coincidió conmigo en que esas páginas, las de esa historia, tenían algo. Unos meses más tarde, unos años en realidad, Ismael nos desvela que era él quien se quedó fuera.


Comienzo del año 2016: Rofolfo Notivol y yo, con abrigos largos negros, paseamos una mañana de sábado por el barrio de Las Fuentes, parecemos dos detectives furiosos esperando que llegue la hora que la prudencia marca como disparadero para un trago. Mientras tanto recorremos calles que nadie recuerda y acabamos llegando al Silos. Rodolfo me cuenta que estudió allí. Me cuenta muchas cosas. Seguimos buscando calles que hay que volver a descubrir. Historias de incendios terribles y formaciones ridículas. Me habla de un artículo que escribió Ismael de aquella zona. Unas semanas más tarde me entero de que uno de mis alumnos más problemáticos se ha marchado a Zaragoza con su madre y lo han matriculado en el Silos La máquina devora. Voy a ver a mi madre. Mi padre me cuenta que fue con un viejo amigo, maestro nacional como él, a ver jugar a la selección juvenil aragonesa en el campo que había detrás del Silos. Glaría-así se llamaba su amigo-lo convenció diciéndole que había un chaval que jugaba fetén. Era Víctor Muñoz. Yo vi con mi padre el último partido en activo del pulmón aragonés: Promoción Zaragoza-Murcia, 90-91, 5-2. Lo recuerdo como si fuera ayer. El comienzo del mito Poyet. Fuck da Maneiro. En el libro habla de sus viajes en tren y en autobús con José Luis Cano recorriendo los destinos de veraneo de los aragoneses. Artículos que no sé dónde estarán. Seguramente no estará el que hablaba de las Fuentes, porque Las Fuentes no es destino más que para un par de sabuesos desbocados en busca de exorcismo.




lunes, 9 de noviembre de 2015

España (música y letra: Cebrián&GómezMilián)




Rosa dice que no, dice que no a todos. Rosa dice que no a Rivera, dice que no a Pablo y al fantasma de Felipe. Rosa dice que no a Federico Jiménez Losantos. Rosa ya no sonríe.
Muerto el tertuliano de Garci, prohibido el humo y el whisky y la merca en la tele pública. Anacleto con acné, Nicolás, Mas y los juegos de manos bajo la estelada. El chico del twitter que salía en siete vidas, el pensamiento único de las coletas, el blues del socialismo que se toca con una guitarra eléctrica de dos euros. Todos llamando a las puertas de un cashconverter a comprar con dinero prestado, nadie dice nada.
Hijos de la miseria que se apresuran a vender la Moncloa saldada y llaman elecciones a una subasta trucada que solo ofrece plusvalía a los corruptos.
¿Ey man, cuál es mi cámara? ¿Este es mi plato?
Ellos, con sus dientes afilados, sus gafas modelo Díaz Miguel y sus proclamas sacadas de la Bruja Avería, pancarteros, aspirantes a caciques enfangados en la absenta barata de la superioridad, líderes futuros que solo leen resúmenes de otros, papel mojado, ¿y la europea? La europea tu puta madre.
Mi vida dentro de la habitación del pánico, Babilonia, Ateca, en la autovía hay pintadas de Jesucristo en la vereda,
cada día, cada día que paso espero que los ojos de glaucoma de la niebla se alimenten de mi cuerpo interino. Mamá no tengo cobertura en la habitación del pánico.
Cuando Lola Flores se despertó de la anestesia, Peret llevaba un millón de años muertos y Antonio Machín sigue cantando a los angelitos muertos que no dejamos marchar. Cuando Lola se despertó dijo: ¿Por qué me habéis traído de vuelta? En mi sueño estaba en el bingo. Joaquín va a la gasolinera de Alfaro en Albacete. Tienen comida china y subfusiles, dinero y gasoil. Cuchillos que marcan el final de España.


Cuando iba a disparar sobre la bestia me di cuenta de que no era más que un profesor vigilando el recreo. Miraba a los alumnos, quería arrancarles el pitillo de la boca y darle una buena calada. Quitarme el plumífero y prenderle fuego. Quería meter la mano en el bolsillo de los pantalones y notar cómo se me ponía dura el alma. Ver cómo un charanguito se folla a la novia de De Juana. En Venezuela. Mamita, en Venezuela se cogen a las chicas de los etarras, se las cogen por detrás. Yo quería despirar y no me quedaban balas, quería que alguien me arrancara la responsabilidad por las bestias de mañana. Los veo en el patio, corriendo, puestos de coca cola y energy y su hambre ya no es el mío. No es mi problema, ya estaba así cuando llegué.


No es ningún capricho, hemos perdido la guerra cuando ya no había más guerras que perder. Quemábamos los puentes antes de llegar, te esperé en el apeadero de Purroy, la luz era tan débil como el aliento de una luna que se muere. Te esperé hasta que no hubo más trenes y las plantas crecieron e invadieron la casa del hombre que movía las agujas. Te esperé alimentándome de insectos que se alimentaban de mí. Mi corazón desentrenado no puede amar con salvajismo y dejé mi vida tan atrás que ya no recuerdo el nombre del hombre que quería ser, esa es la verdad. La verdad que no querrás escuchar, como esa sangre no es mía, deja que te limpie.
En la frontera de Melilla hay carteles que avisan del peligro de las mujeres de uniforme ensañando el Corán a los transeúntes. Es hermoso que alguien todavía espere algo del cielo. Todos los huecos milenarios entre las nubes escriben el nombre de mi madre y falsifican Guardias Civiles al otro lado. La pirámide con barbas en los techos es la guía para la avioneta que devuelve a mis padres a la península casi cuarenta años, no me moví, estuve esperándolos, nadie me dijo cómo parar.
España, si soy nadie, por qué escucho tu voz pidiéndome ayudar. En Lanzarote, llega la sed y las alimañas nos arrastramos bajo la ceniza para morder las uvas agotadas, en Palma encuentro a Ray Loriga abrazado a un millón de latas de cerveza. El recuerdo es un arma que se atasca con demasiada frecuencia. En León todavía hay caballitos de mar en fondo de los vasos de ginebra y en Vigo esperan que la Santa Compaña los devuelva a Germán Coppini.

Todos somos actores en esta pesadilla de Fernando Arrabal: en la piscina de una pasión de Pedralbes flota el cadáver de España y todos quieren apuntarse el tanto. Vamos, Pau, vamos. 

martes, 29 de septiembre de 2015

Interino 16: El silencio de la primera vez


Mi primer alumno muerto se llamaba V. y era medio brasileño. Se sentaba en primera fila y siempre sonreía. El instituto era bastante duro, en un barrio obrero en la capital y me había tocado la peor clase. Todos los que alguna vez han dado matemáticas saben que las de cuarto de ESO opción A y el primero de bachillerato de ciencias sociales acumulan jóvenes aburridos, promedios desorientados y algún pasado que recicla su tiempo en jodienda puntual. Primero de bachillerato y alguno me tocaba palmas, otro era un mito en los videojuegos online y pasaba la mayor parte del tiempo dormitando en clase. No había manera de rendir si te habías acostado la noche anterior en esa horquilla imprecisa que va de las cuatro a las cinco. En realidad yo también lo hacía. Para un año en el que no había que conducir nadie iba a detener mis últimias capacidades creativas. Había sustituido la gasolina de las siete y media en la rueda por el vodka con zumo de naranja. Había un imbécil que se sentaba en la última fila y se abanicaba con una hoja de papel arrancada del cuaderno. Uno puede aguantarlo todo en una clase excepto el numerito de la papiroflexia folklórica. Era el segundo día de clase y yo tenía un poco de resaca. Me acerqué a él, coloqué las manos sobre el pupitre y jugué en el límite del espacio de confort personal. ¿Puedes dejar eso? ¿Por qué? Porque lo digo yo. No te metas con él, me dijo la jefa de estudios. No viene mucho por el instituto, trabaja y espera que lo aprobemos solo por eso. Héroes de clase obrera de saldo. Esa es mi especialidad. V. era un buen chico, hasta estaba matriculado en Religión. Era de los que salvaba aquella clase árida dedicada a las integrales y las matemáticas financieras. Era tutor de segundo de la ESO y el padre de uno de mis alumnos acostumbraba a venir por sorpresa al instituto impregnado en coñac. Yo aguantaba el tipo y lo subía a jefatura de estudios. Rezaba por adelantar las horas y poder salir a fumar al parquecillo que rodeaba el instituto. El parque tenía nombre de grupo de rock de los ochenta. Nunca me han sabido tan bien los marlboro light. A V. lo encontraron muerto después de casi un mes desaparecido. Después de un cotillón de Nochevieja en la zona de la Exposición Universal se había encaminado a su casa y nunca llegó. Casi al final del curso entré un día en clase y el cachondeo era épico. Habían encontrado en internet vídeos de actuaciones de la banda en garitos de la ciudad. Habían recortado cartones a modo de pancarta e incluso algunos habían improvisado sobre sus camisetas mensajes de amor apasionado hacia la banda. Escuché sus risas unos minutos y luego seguimos hacia delante. Todavía quedaban un buen montón de distribuciones de probabilidad por ver. Sus amigos colgaron de twitter fotos de V. antes de la fiesta. Era un chico alto y musculoso, con una sonrisa blanquísima y la tez oscura, casi mulato. Iba elegante con aquel traje. Había empezado a estudiar económicas o empresariales, no me acuerdo. La policía le echó el alto bastante lejos de su barrio. Iba bastante bebido después de una noche de barra libre. Después de aquel encuentro nadie volvió a verlo vivo. Explica a cuarenta adolescentes desatados que el profesor de matemáticas recita sus poemas en escenarios como si no hubiera un mañana. Se tumbó a dormitar en un aparte del camino, bajo un puente, en la noche heladora del primero del año, con una americana fina a modo de almohada. Cada vez que me como las uvas y beso a mis padres y a mi hermana trato de no pensar cómo se me atragantarán el día que alguno falte. Desde que murió mi primer alumno miro a los jóvenes sin envidia alguna con sus pelos en pico y sus labios muy pintados camino de sus cotillones. Cuando encontraron muerto a V. yo estaba en otro instituto, en otro barrio y solo recordaba que me había hecho aquella clase, aquel año más fácil. Cuando sus amigos colgaron las fotos de twitter acabé llegando a su perfil. Allí encontré unos cuantos tweets intercambiados con sus compañeros de pupitre. Había subido una foto de mi banda y abajo escribía: "¿Os acordáis el día que encontramos esto? Jajaja". Lo siento mucho, chaval.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Interino 15: Los veranos del interino


Los veranos de interino son como cualquier otro verano. Buscamos una excusa para evitar el miedo a septiembre, a la lotería del destino. Me muerdo el labio cada vez que me marcho por la puerta de un instituto. No me gustan los cambios. Lo mejor de los veranos de interino son las librerías de los lugares a donde vamos. A. quiere ver Iglesias y cosas importantes. Yo solo quiero pasar un rato entre los libros del lugar: me acuerdo de una librería en Lanzarote, en Arrecife. Tenía viejos libros ilustrados de la colección La Máscara. El dueño resultó ser de Zaragoza. Nos enseñó la parta de atrás, su almacén. Era una pequeña revuelta pasiva, conservaba ejemplares de la colección Austral entre los montones de los libros de texto. Odiaba vender libros de conocimiento del medio y de matemáticas. No le dijimos que éramos interinos esperando el final del verano.


Recuerdo una librería en Cuenca en la que buscaba San Camilo 1936 y acabé comprando un libro de artículos de Francisco Umbral que no conocía. En la mesa de las novedades un ensayo sobre la Patrulla-X y un libro de relatos celtas de Chesus Yuste editado por Xordica. También había tebeos de la Guerra de las Galaxias. Recuerdo pasar del FNAC de Callao a un puesto en el Rastro, recuerdo Valderrobres boxeando en la medianoche. Recuerdo la librería de Teruel, con Mario y una antología de poesía lésbica, con el aliño de una biografía de Antonio Carlos Jobim. Recuerdo a Eugenio en Alcañiz, recuerdo que cuando nuestro amor empezaba Eugenio nos recibió en un parque de Barcelona. Recuerdo comprando cintas de cassette en Gerona y recuerdo libros de ciencia ficción en Cambrils. La belleza de plástico transparente de aquella librería junto a una pescadería al por mayor. Recuerdo las miles de librerías que había en Salou y buscar contigo sus restos como arqueólogos desahuciados. 

Recuerdo las librería de París, la de Amsterdam y las de Bruselas. Recuerdo una librería que era una Iglesia y un tienda de cómics de línea clara. Recuerdo la rabia que me da cuendo veo tantos libros y no puedo leer ninguno. Recuerdo una biografía de Eddy Merckx que me compré en Lieja. Olía tanto a humedad que podría haberlo lanzado Roger de Vlaemink a la cuneta al acabar la Paris-Roubaix. Hablaba de "El Caníbal" como de una joven promesa. La biografía terminaba en el año 1966. No había ganado todavía su primer Tour de Francia.

Yo te amé en Bruselas. Te amé porque sabía que el final siempre está acechándonos. Te amé porque me quitaste la muerte de la boca con un beso. Yo te amé en Bruselas, te amé mientras Spirou nos miraba desde la ventana, te amé en Namur, te amé en Huy. Te amé cuando rompiste frente a mí un pasaje a Las Marquesas.

A la altura de mayo uno empieza a contar los días: esto se acaba, chavales. Intento dormir y doy vueltas una y otra vez en la cama. Me imagino bajo una lluvia ligera en la última madrugada de la noche, cuando las luces de las farolas reflejan la rabia de los recién despertados. Esta fiebre de vivir. Tengo los dedos tan manchados de ceniza que no puedo darle al F5 y volver a actualizar.


viernes, 18 de septiembre de 2015

Interino 14: Jóvenes en pie de guerra


Cuando vamos en rueda de coches pasamos frente a muchos prostíbulos tristes. Casi es un epíteto, lo de la tristeza en las whiskerías. Cuando trabaja en la SAICA, desde Zaragoza hasta el Burgo de Ebro pasábamos frente a uno que se llamaba El Euro. Los técnicos de laboratorio hacían bromas contínuamente con el nombre y la calidad de los servicios. Los más jóvenes tenían pinta de ser vírgenes. Y eso que el sueldo no era nada malo por entonces. Entre Ateca y Calatayud hay un puticlub en T. Siempre que paso es de día y está cerrado. Tan cerrado que parece abandonado. A. me dice que en los pueblos los solteros mayores no tienen muchas opciones. Algunos, me cuenta, bajaban andando los domingos hasta allí. Euro, el Dólar, Copacabana.

La pereza del sexo de pago. Algunas veces, muy pocas en realidad, todos los bares se cerraban y estábamos demasiado lejos de la estación del Portillo, así que Sergio y yo seguíamos bebiendo en los clubes de señoritas que había por la ciudad. Recuerdo uno en la calle peatonal que unía Manifestación con Prudencio. No había vicio, era simplemente ansiedad alcohólica y de conversación. Más bien alergia a la cama. A la casa vacía. Un par de horas más tarde, con una ducha y mucho sueño, pasaba por delante del Euro camino de SAICA. Todo era borroso. Yo vivía en un piso viejo cerca de la calle Bretón, un piso muy grande y muy vacío. Recuerdo que las cervezas de aquel prostíbulo eran caras y casi no tenían gas.

Íbamos en rueda de coches, al instituto, no muy lejos, menos de 100 km, un poco más, tampoco pasa nada. Apretujados y somnolientos, el silencio era un bien preciado. A veces veíamos a otros compañeros esperando su vehículo, el vehículo de otros. La niebla en los huesos. Yo los veía y pensaba en los clubes cerrados, en los clubes por cerrar y en cómo todos terminábamos solapándonos: cuando trabajaba a turnos, me levantaba a las cuatro y media e iba caminando hasta la Avenida Cataluña recorriendo el centro de Zaragoza. Tocaba trabajar los sábados y los domingos. Había noches que se convertían en mañanas por voluntad propia. A veces esquivaba a conocidos que no me reconocían.


Como en un sistema de cama caliente absurdo: las putas a la cama cuando se levantan los profesores.  

Interino 13: El cocacolicas


Espero que salga A. en la puerta del instituto. Hay máquinas expendedoras de refrescos y de café. Llevo años enganchado al café de máquina. Desde la Facultad. Si no tomaba un café entre primera y segunda hora me derrumbaba como un tetraedro de carbono inestable. A veces nos metíamos un katovit a media mañana y esos días eran los mejores: éramos capaces de entender hasta los procesos de separación y las torres destilación por módulos. Sigo bebiendo café de máquina y sigo esperando que pasen las horas lo más rápido posible para volver a los tebeos y a los discos. ¿Me quieres? Si me quieres debes de tener preparados 30, 40, 50 céntimos para invitarme. Café largo y sin azúcar. Espero a A. y los alumnos de última hora salen como en una riada incontrolable. Uno de ellos se para frente a la máquina, saca una coca cola, se la bebe de trago y tira la lata a la papelera. Un segundo después saca otra moneda de euro y se hace con otra lata. Se da la vuelta y empieza a correr hacia los autobuses. Cuando trabajaba en el turno de noche había compañeros que se sacaban dos cervezas en la máquina antes de ponerse a trabajar, la primera se la bebían mientras se cambiaban y la segunda en el camino desde el vestuario hasta la máquina. El chico de la coca cola ya está subido en el autobús, habla con su compañero de asiento mientras agita la lata abierta. No quedará una gota cuando crucen el río.

martes, 15 de septiembre de 2015

Interino 12: El knight raven de mi madre




Son los primeros días del curso. Una madre llega con un antiguo alumno mío. Me acerco a saludarlos y pregunto qué tal le va. Duda sobre las asignaturas en las que matricularse. Su madre lo mira arrobada. La brújula que necesita es mastodóntica. Trato de echarles una mano: no cojas matemáticas, mejor latín y griego. Se marchan. Madre e hijo. Hijo y madre.

Las tardes pasan rápido en el pueblo. Veo series y programas subtitulados en el ordenador. Paso de de un partido del Mundobasket del 2006 al tercer episodio de un spin-off de Los muertos vivientes. Me detengo en Comic-Book Men. Es un programa de telerrealidad ambientado en una tienda de tebeos. Compran y venden libros, juguetes, muñecos y ediciones raras. Un tipo acude para vender el Night Raven. Aquel jet de color negro que usaba COBRA, los antagonistas de los GIJOE que se parecía muchísimo al que usaba la Patrulla-X en los buenos tiempos de Claremont y Byrne. Unas Navidades, volvíamos de casa de mis abuelos y al llegar a nuestra casa, bajo el árbol, mis padres me habían dejado el Night Raven. Mi madre, que siempre ha presumido que de niño me compraba los regalos de Reyes en el Bazar-X sin que yo me diera cuenta, me hizo uno de los regalos más alucinantes de mi vida. Sé que se resistió a comprármelo -era un juguete muy caro, como aquel barco pirata de los Famóvil o el batmóvil de los años ochenta, aquel en el que los muñecos de DC llevaban capa, la misma época en que los Marvel de las Secret-Wars llevaban un escudo, siempre- pero, me hacía tanta ilusión...

Jugaba mucho con muñecos: Famóvil, GIJOE, figuras de Star Wars, superhéroes...lo mezclaba en un amalgado universo alternativo que ríete tú de la Tierra 2 o la Tierra 666...todo valía, siempre estabas dentro. Las fuerzas del mal no se iban a rendir nunca. El Knight Raven tenía el problema de ser poco manejable, para las distancias cortas...pero ese juguete es un instante absolutamente destilado de felicidad.


Llamo a mi madre, le cuento que me han vuelto a renovar en la radio, que el comienzo de curso va a ir muy bien. Luego me pasa a mi padre, habla rápido, no le gusta el teléfono, como a mí. Hablamos del baloncesto, de la selección. A veces, cuando estoy en el pueblo, cuando hablo con mis padres de noche, un rato antes de irme a dormir, me pongo muy triste. A veces uno querría coger el tiempo, darle la vuelta, empezar de nuevo y poder después ir hacia delante. Me gustaría tener un reproductor VHS mágico, una cinta de 90 minutos donde atrapar mi vida.  

Interino 11: El club de fans de Diana




Me gustaba el Equipo A. A todos nos gustaba un poco el Equipo A. Y V, también nos gustaba V. Las lagartas nos ponían bastante cachondos. No sabíamos lo que era estar cachondos, pero sí que sabíamos que Diana nos hacía sentir diferente. Había gominolas que parecían gusanos. Las comíamos colocándolas sobre nuestra boca abierta en horizontal y dejándolas caer poco a poco a poco. Sin miedo a ahogarse. Yo comía pocas golosinas. Mi madre me controlaba los dulces. Hacía bien. En el Equipo A salía Mr.T que le había dado de hostias a Stallone en Rocky. Era difícil distinguir al Stallone de Rocky del de Rambo. Años después vi en la RTL, la televisión de Luxemburgo que recibíamos por la parabólica, una película medio erótica protagonizada por Stallone. Me gustaban mucho más las que pasaban de ambiente tirolés. Todos tenemos comienzos complicados, sobre todo si estás un poco gordo. O mucho.

George Peppard y su puro. En el Equipo A se disparaban mil millones de tiros y nunca mataban a nadie. En realidad en el Equipo A nunca pasaba nada. Era una historia circular que te volvía loco. Mr. T llegó a ser un personaje de dibujos animados. En los títulos de crédito ponía que Mr. T hacía de B.A Barracus. Luego en el doblaje español lo llamaban M.A. Nunca entendí el porqué del cambio. Debería preguntárselo a alguna compañera del departamento de inglés.


Dirk Benedict era el guapo del Equipo A. La gente lo conocía por una serie anterior: Galáctica. Solo me acuerdo del primer episodio de Galáctica. Tenía unos pocos cromos heredados de mi primo David. En el primer episodio hay un ataque y solo sobreviven unas pocas naves humanas. Unos cuantos años después hicieron un remake y vi con ilusión las primeras temporadas. Me resistí a ver el remake del Equipo A. Diana me ponía. Mucho. En V salía Robert Englund antes de ser Freddy Kruger. A veces confundo al jefe de la resistencia de V con el actor que hacía de McGyver. Veía V en casa de mis abuelos. Debían pasarla el sábado por la tarde. Jugábamos mucho a V y leíamos la Teleindiscreta porque adelantaba los capítulos que estaban por venir. Todos queríamos estar en la resistencia aunque la estética fundamentalmenta fascista de los invasores lagartos resultaba inquietantemente atractiva. Hubiera vendido a mi planeta, a mi gobierno, a la Tierra entera por Diana. Sigo estando dispuesto.  

domingo, 13 de septiembre de 2015

Interino 10: Solo te pedí un cigarrillo


A veces las únicas cuestas que valen son las que no puedes dejar de subir. En la ciudad había hambre de cerdo y lágrimas de alquitrán. A. no quiere estar desnuda frente a la ventana que da al abismo y yo sigo ahogado por la adicción mal curada. Javier y Antxon, como dos gemelos de Kollwitz envían señales desde el pasado. No hay abonos para las vistas que se han perdido. Compro en la tienda del museo un pequeño monográfico sobre los tebeos en la España de la Transición. A veces extraño volver a tener entre mis manos el primer número del Víbora o el especial que publicó el Jueves unos días después del golpe de estado del 23F. Los tebeos eran de mi tío Rafa y mi abuela los guardaba -más bien los ocultaba- en el armario de la plancha. Había historietas de terror eróticas. A las vampiresas se les veían las tetas, pero nada más. Tetas y tetas. Eso sí que me interesaba. Cuando llego a Anarcoma doy un paso atrás. Demasiadas historias confusas.

Hambre de cerdo y vino en las comisuras. Le cuento a A. que leía Viaje a la Alcarria las tardes de los viernes en clase de plástica. Tenía voz de rapsoda y poca mano para las fiestas. En los cuadros hay estornudos de Saura que amenazan con desnudar a mi mujer. Pienso en el cuello arrugado, el cuello de gallina de Brigitte Bardot, pienso en Enrique dominando con mano dura Sol de España. Pienso en Francisco Umbral trasegando coñac con Raúl Cimas mientras hacen tiempo para el concierto de Esplendor Geométrico.

Tumbado en la cama del hotel veo Cementerio Viviente en la televisión de plasma. No hay subtítulos, pero la muerte siempre sabe encontrar su lugar hasta el cerebelo. Me da vergüenza estar viendo esta película en Cuenca, me da vergüenza no buscar un escondite donde fumar cigarrillos de anís. Por la ventana se dibuja una garganta que no es la mía, un rescate en helicóptero, el goteo del agua dulce, la mentira romana, el queso curado.


Saltar y quedarse colgado. Amar y no dejar nada colgado. Besar tus lóbulos y disfrutar del espectáculo colgante.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Interino 9: David y Claudia



En algún momento de tu vida tienes que volver a Uri Geller. Todo el mundo recuerda dónde estaba la primera vez que salió por la televisión, la original, la de José María Iñigo. Íñigo y su pelucón. Calvo como solo pueden estar las estrellas de la televisión. Iñigo con traductor y Geller, judío y zahorí enmarcando en la memoria un simple momento de magia. España detenida frente al televisor con una cucharilla de plata, un reloj estropeado. Félix Romeo frente a la televisión soñando con los dibujos animados. Años después volvió Uri Geller al a televisión. Mi padre acababa de comprar uno de los primeros vídeos VHS, de cinta grande. No había manera de poner el reloj en hora. En aquella época poner la hora del reloj era una misión casi tan complicada como programar la grabación de una película. Uri Geller era amigo de Michael Jackson. Lo decía Iker Jiménez. Era el Un dos tres, la segunda vez de Uri Geller, mi padre y yo frente al televisor. Mi padre creía, yo creía en mi padre, en la segunda venida de Uri Geller. El vídeo sin hora, las cucharas en ristre, no habían terminado los ochenta.

El abuelo de uno de mis alumnos es zahorí. Me lo cuenta Ana en el autobús camino de casa de mis padres. Lo hemos tenido en clase los dos. Un chaval repetidor, agotado adolescente abúlico. Pero su abuelo encuentra agua con un simple palo. Eso es magia de verdad, no como en las novelas de a duro. Yo le cuento a Ana que Uri Geller buscaba petróleo para las compañías árabes. Era un ciudadano del mundo. Lo detectaba, como el abuelo de nuestro alumno con los acuíferos. Ana me dice que pagan muy bien por encontrar pozos de agua dulce. Quizá nuestro alumno haya heredado alguna de las dotes de su abuelo. Sería un futuro mejor que los libros. Cuando pienso en Uri Geller pienso en Félix Romeo y en mi padre. A veces no es más que ilusión. Hay que creer en algo. También me acuerdo de aquella canción de los Planetas, David y Claudia. ¿Qué harías si fueras el mago más poderoso sobre la tierra? Hechizarías a la mujer más deseada del mundo. Era una buena metáfora. Tan buena que era de verdad.


jueves, 20 de agosto de 2015

Maestro Carnicer

No puedo hablar, no puedo ni respirar. He dejado tantas palabras sin decirte. Me ahogo porque me tengo que ahogar en este aire que ya cada vez se comparte entre menos. No tocamos a más, no tocamos a nadie.

Hace mil años escribí: "Llevo las alas recogidas dentro del abrigo./Quizá así consiga parecerme a vosotros". Hace mil años y un día escribí: "Al acabar el concierto nos viene a ver Javier Carnicer. Es como un ángel cansado con las alas a medio lijar bajo la chupa de cuero. Él comprende mis lamentos, el del misántropo, el del vampiro, el del ángel que esconde las alas bajo el abrigo para parecerse a nosotros."

Ha muerto el maestro. Me regaló sus palabras y algunas no las contesté. 


Una vez quedó este texto inédito que me regaló para una revista que nunca vio la luz, una reseña de uno de sus maestros, Ángel Guinda: 


UN SALVAVIDAS PARA NÁUFRAGOS, UN LIBRO DE ÁNGEL GUINDA



No hay que asustarse por el título, Conocimiento del medio, algo seco tal vez para un libro tan jugoso. Antes de leerlo, de no conocer al autor, nadie diría que esconde unas páginas tan cálidas, brillantes como piedras de volcán, pulidas y hechas joya con humilde maestría, al amor de la lumbre o de la lucidez, como seres rescatados de un incendio.

Deslumbra su presencia en las manos igual que un tesoro: una lámpara maravillosa escondida en la manga; un frasco de veneno contra todos los venenos; una botella de poso embriagador que se aleja de la orilla como un salvavidas para náufragos.

En su interior, esos caldos sutiles del Oriente mezclados con los vinos de la tierra, fuertes y densos, elaborando esa resina que despierta la lengua, ese jugo del pensamiento deshojado, prensado, tan fino al paladar que desciende al corazón sin darte cuenta, donde se posa al fin inquieto, temblando, como la hoja de un poema, de un poema de Ángel Guinda.

Sobrecoge, se queda el corazón en un puño, pero no golpea: se abre lentamente y te acaricia el desaliento, toda la desolación, el desengaño sorbo a sorbo, la indiferencia elemental. Al tacto, la ternura hacia el tú, la piedad hacia el yo, la imagen que emociona la voz: moral hermosa, belleza desnuda en la conciencia del poema, del poema de Ángel Guinda.

No cito ningún verso porque el libro entero es una cita. Y en su doble sentido. Una cita a esa hora tan puntual que carece de tiempo: la eterna exactitud donde espera el poema, el poema que siempre te recibe, el poema de Ángel Guinda, con los versos abiertos.




Hablamos de la poesía de Carnicer: 

Si hablamos de la trayectoria poética de Javier Carnicer, sus dos libros publicados hasta la fecha son "La sombra del obituario vista por su huésped", editado en 1982 por Picazo en 1982 en Barcelona. Libro del que sólo se editaron 1000 ejemplares y en cuya presentación oscense se montó una exposición-montaje-presentación en la que participó, por ejemplo, el artista oscense Alberto Carrera Blecua. Aquel libro, de componente libre y lúdico, estaba muy influenciado por poetas de corte vanguardista como el tristemente desaparecido José Miguel Ullán. Aquel libro recibió una estupenda crítica por parte del poeta y crítico Ángel Guinda en el Heraldo de Aragón, bajo el título de "El ludiverso de Javier Carnicer" el 14 de Febrero de 1985. En él, Guinda se refiere a "Se bienhumora contra amargo desamor con ironías, mordacidades, improperios en los que aprovecha neologismos existenciales (ascoiris, gaviotean…). Ramón Irigoyen se divertía como espectador del guiñol.Y entre algunas otras cuestiones que lo limitado de una reseña me impide abordar, destaca ese instinto (para mí, lo más logrado del libro: por su sintetismo e ingenio insertos en lo experiencial) de poemación experimental mezcla de visualización, concretismo, ultraísmo que, sin rozar los caligramas apollinerianos, ya que no busca dibujar el objeto de referencia; sin ser frases o alarmas a lo Ullán; sin entrar en la zona de un Julio Campal o un Huidobro vanguardistas, ni en Millán, ni en los fotopoemas de Luis M. Muro, retiene ese toque de incitación a la participación por parte del lector que yo mismo practico componiendo una postal (la titulo Anualverario) con los doce meses del año: doce páginas, a una por mes, en la somete de obituario vista por su huésped." Y más recientemente Estuche de Lijas, publicado por la Universidad de Barcelona, en el que el concepto del poema como lija para limar el horror de la realidad, un libro alucinado y romántico, de monstruos poseídos, caminantes melancólicos... y que sirvió de base para el disco Lijas.

En Marzo del 2011 después de haber estado con él en Francia Richi Fandangos y un servidor montamos el concierto de Lijas en la Ley Seca con el apoyo de Luis Cebrián y Arcade Producciones: 




La poesía del vampiro Javier Carnicer, los mantras del duende Justo Bagüeste, las imágenes hipnóticas de Orencio Boix, ingredientes de una mixtura que tiene mucho de alquímico. Lijas se presentó en una Ley Seca en la que convivían artistas, escritores, fanáticos del spoken word y analógicos y postmodernos de distintos pelajes. Rock recitado sostenido por saxofones, por samplers imposibles, por caminos indiscretos en blanco y negro. Las voces de las mujeres invisibles servían de alimento a los sueños, demasiado tiempo, demasiado bien. Barajando los temas originales hasta alcanzar una amalgama sincrética, de club nocturno, de respiración entrecortada, de picadura de serpiente. Flor de ceniza, la oda al penúltimo piel roja, sonó chirriantemente tóxica, el panegírico al penúltimo ángel de Bajo continuo (más cerca del purgatorio que de la tierra rojiza), el despertar de la pesadilla al ritmo de cuchillos y cristales que es DominioEl Lamento del Misántropo, santo cáliz inesperado para todos los chupasangres o el aura narcótica de Soñador Insomne, como un opiáceo de rimas, Lijas seduce a la vida con la sombra de la muerte. Al final, cuando la cocina del alma ordena el cierre, el blues del suicida, lanzándose al mar y encontrando un tesoro, vencidos por las sirenas, nos dimos cuenta de que habíamos recibido un corazón de plomo con el que fabricar nuestros pensamientos.



En Mayo del 2012 llegó Polar: 


Todos esperábamos la llegada del mal tiempo, el desquicio final de la brújula, el final de un tiempo que no quiso empezar. El veneno inoculado por el roce con la caja de Lijas ha vuelto a llamarnos con su voz de amapola. Bagüeste&Carnicer entregan este EP que en palabras de Justo BagüesteLo presentamos y sale a mercado como "POLAR EP". Se puede considerar como las previas, o el "work in progress", que anteceden al lanzamiento del disco completo que saldrá en otoño, previsiblemente el 1 de octubre, en formato vinilo y compuesto de 10-11 temas.

Paraíso emerge como un vampiro saliendo de la parte de abajo de un club de jazz,  el saxofón de Justo Bagüeste con su calidez nutritiva introduciéndose dentro del cuerpo, la percusión rítmica marcando tibio el ritmo de un de corazón. Primero de Mayo, sortilegio de viento, acústica angulosa, la palabra de Javier Carnicer, amante de las noches, prestidigitador de los días, acumulando momentos preciosos, esclavo de la vida. El sonido rockero de Tregua, con el saxo de Justo como una cuchilla que se abre paso en mitad del éxtasis narcótico, la batería de Jesús Alonso, penúltimo aliado de Bagüeste desde la banda de free jazz Les Rauchen Verboten más Gonzalo Lasherasdando contundencia desde sus bajos reales, instrumentalizan los absolutos para queJavier Carnicer mezcle el peyote con las sílabas y acelere nuestras horas en la repetición. Valor, con una caja de ritmos aterida, la psicosis del soplido, la nota sostenida por el procesado electrónico, la voz clara de Javier Carnicer que arranca la venda de nuestros ojos. Susana Cáncer, uno de los artistas más interesantes de la escena española, aparece como en un susurro afónico para acompañar en la composición y en un analgésico theremin en el tema Ambición. El cierre llega con la explosión controlada de una burbuja de sonido, Polar, frío primigenio, los monstruos que nos observan con los ojos enrojecidos, la mandrágora que nos intoxica, el sueño eterno que es el peor de los descansos.


Este EP, Polar, es un compendio orgánico de rock recitado, magníficamente construido por las manos sabias del mito, de un Justo Bagüeste en un momento mágico, con su rítmica mántrica y sus metales dionisiacos, y por la garganta ajada deJavier Carnicer, incisivo, afilado, preciso en sus impactantes imágenes.Bagüeste&Carnicer, ángeles de poesía oscura, bardos de electrónica prohibida.




Una vez le pregunté sobre Carnicería Carnicer y me contó:

“Que por mayo era por mayo” de 1987 cuando le dije a Felipe Garzo que tenía un montón de canciones escritas y que también tenía las melodías, los ritmos, la estructura de los temas, etc. Felipe era uno de mis guitarristas preferidos y además era de Huesca y vivía, como yo, en Barcelona, así que le sugerí la idea de formar una banda de rock trágico que se llamara Carnicería Carnicer, donde el sonido de la guitarra era imprescindible para abrazar los delirios expresivos de la voz hasta alcanzar una especie de orgasmo sónico y vital. Ambiente oscuro pero intenso, ecos latinos, existencialismo irónico, romanticismo suicida, gravedad, nervio y ternura. Le pasé una cinta de casete donde mi voz intentaba transmitir las letras, las melodías, los ritmos, y qué sé yo: los temas interpretados de viva voz a base de sonidos guturales, sin un solo instrumento que me acompañara. Al cabo de tres días me llamó y me dijo que había grabado en un 4 pistas unos cuantos temas y que sólo faltaba poner la voz para tener una maqueta de C.C. Felipe había programado la caja de ritmos y había puesto bajo y guitarra. El primer tema que escuché fue, precisamente, “Carnicería Carnicer” y me pareció asombrosa la guitarra y todo el tratamiento que hizo Felipe del tema. El segundo fue “Maneras de amar”, el tercero “La eterna tragedia”… En fin, en una semana grabamos 11 temas. Felipe estaba entusiasmado y yo completamente por las nubes. Al inicio del verano llevamos la maqueta a Huesca y la movimos por ahí. La acogida fue sorprendente: emisoras de radio, bares, periódicos, músicos, etc. A la semana siguiente se formó la banda y ya estábamos ensayando para los bolos que teníamos ese mismo verano. Tal cual. Al bajo, Curro Domínguez (guitarra de The Chuttones), y a la batería, Víctor Morlán (Orni). Debutamos el 8 de Agosto en Huesca, vísperas de San Lorenzo, y el llenazo fue increíble y el conciertazo de antología, con equipo de luces y sonido de una gente estupenda de Zaragoza, que nos calaron enseguida e hicieron que sonáramos como los ángeles. El sacrificio íntimo llegó hasta el punto de que me rompí la pierna en un salto (nadie se enteró, el sufrimiento que emanaba de las canciones no era fingido) y fui escayolado al día siguiente. Al cabo de una semana aparecimos en otro escenario, en una plaza de Huesca, ya en plenas fiestas, con la pierna escayolada por mi parte y con toda la energía de mis colegas. Aparecí con bastón y fue uno de los conciertos en los que más he disfrutado. En fin, qué tiempos aquéllos. Nos brindaron críticas hermosísimas, tituladas “Excelente matacía sónica”, “El corazón de la tragedia”, etc. Sonamos en muchos programas de Radio 3, sobre todo en Discópolis, y también en algunos de Zaragoza, donde tocamos en la Sala Metro en el mes de octubre. Hicimos actuaciones en Barcelona y en Madrid y poco a poco el asunto se fue disolviendo, debido, sobre todo, a que dos músicos vivían en Huesca y otros dos en Barcelona. Con las discográficas y los productores interesados nunca me entendí, hablábamos lenguajes muy distintos. La cosa se acabó en 1990 y poco después formé en Barcelona Manicomio Romántico.



Hablamos en la radio

He estado escuchándolos estos días y estoy completamente fascinado con las canciones, pues aunque empieza con melodías esencialmente after punk, muy oscuras, luego evolucionan hacia una especie de rock latino, en el buen sentido de la palabra, casi boleros enfermos, muy en la onda de bandas oscuras de mexico, los primeros Coyotes de la Estación del Amor...




Hicimos un programa sobre Carnicería Carnicer con las canciones que nos dejó Orencio.



Creo en el vino, el tecnopop y el yeyé, las películas de zombies, las mujeres y los tebeos. Creo en el las cintas VHS dentro del vídeo para grabar videoclips por sorpresa o el final de una etapa del tour de Francia, creo en las cintas TDK, en las verdaderas mixtapes, en los EP´s de vinilo, en la familia y en los amigos que han tenido hijos y siguen tocando la guitarra y yendo a ver el baloncesto. Creo en los trenes baratos, la rumba, la soda, los fanzines y las copisterías, creo en Leonard Cohen y Javier Carnicer, en los Smiths y los Golpes Bajos, en Sergio Algora y Félix Romeo, los maíces, las librerías de saldo, en Huesca, en Logroño, en los viejos clubs, creo en el spoken word, el menú del día en un japonés, las americanas, los botines, las tazas para el té y el café, el continente a la altura del contenido...creo en Gainsbourg, Allen y Truffaut, creo en ti, Miqui...y sobre todo, creo en los programas de radio de madrugada, porque sin ellos no habría vida o sería mucho más aburrida.