martes, 29 de marzo de 2016

Ismael Grasa: Una ilusión (yo confieso)

El próximo viernes se presenta el nuevo libro de Ismael Grasa, Una ilusión. Será en la librería Portadores de Sueños

El autor conversará con Ignacio Martínez de Pisón el viernes 1 de abril a las 20h en Los portadores de sueños (C/Blancas, 4 - Zaragoza).




Una ilusión es un libro definitivo. Es un libro de corazón abierto. Sin desbocarse, con la sutileza de Ismael, con la paciencia del guiso. Quería llamar a este texto El hombre tranquilo o también la Distancia breve, pero al final, lo llamaré Yo confieso:

Estaba en Huesca con una ex-novia. Periferias 2004. He contado mil veces la historia. Seguíamos con la época de los fanzines. Leopoldo María Panero, vino, patatas y mejillones. Yo no entendía nada. Víctor Coyote estuvo a punto de pegarme en el camerino. Había estado viendo la exposición sobre el Tránsito que había comisionado Ismael Grasa. Me pareció algo increíble. Estoy seguro que lamenté no haber estado en aquella época siendo un punk rocker enamorado viendo a los Mestizos. Ahora lamento no volver a aquella época en la que entrevisté a Servando Carballar en calzoncillos. Es bueno no conformarse con casi nada. Siempre que pienso en Ramón Acín, en Huesca, me imagino una conversación imposible entre Acín, Javier Aquilué e Ismael en La Zarza y no sé quién tendría mejor carcajada.


Unos años antes habíamos estado en casa de Ismael y Eva. Yo iba a tener una novia distinta unos meses más tarde. Un poco gracias a ellos. Comimos pasta y estaba muy picante. El vino venía muy bien. La casa era muy luminosa y estaba en una calle en la que nunca había estado. Ismael me regaló un número del fanzine “La piel de la badana” y unos años después los dos tomos de “La vida en un puño”, la biografía de Perico Fernández que escribió Mariano Gistaín y José Antonio Ciria. Lo he contado otras mil veces pero no siempre encuentro tiempo y ganas para sentarme y darle a las teclas: en la portada de Flamingos, el disco de Bunbury del año 2002 aparece el campeón del mundo animando a Enrique, que lleva el calzón de Escriche. En ese disco magnífico hay un tema San Cosme y San Damián. La letra dice: “como un verano que pasó/ que empiezo a echar de menos
como una cucharada de sal /que se disuelve en zigzag /en el mar” Bunbury hablaba de la muerte de su hermano. En Una ilusión Ismael habla del viaje que hizo con Félix Romeo a la ermita de San Cosme y San Samián, cerca de Barbastro, en la Hoya de Huesca. Allí dos hermanos quedarán atrapados para siempre entre “las anchas alamedas/los puertos de ultramar,/las perseidas en el cielo
de la noche elemental/.Como una canción de Bunbury, como en una canción de Berrio. Hay sangre que va más allá de la sangre. Hay hermanos que van más allá de la carne y del ADN.


Una noche de diciembre de 2008 Ismael y yo íbamos en un coche descendiendo desde Monzón hasta Zaragoza. Era un sábado o un viernes. Por aquella época tenía muchos asuntos pendientes cada noche de fin de semana. Ismael había cumplido ya los cuarenta años. Yo estrenaba con gusto los treinta. Pasamos por Almudévar y hablamos de la trenza y de las discotecas de música electrónica. Todas las historias que había oído de Ismael en China retumbaban en mi cabeza. No me atreví a preguntarle nada. Así que ahora que lo leo en Una ilusión me quedo más tranquilo. Busco en internet e imagino que hicimos Almudévar, Gurrea de Gállego, Zuera y Villanueva de Gállego. Según el mapa son 140 km de noche, hora y media larga. Supongo que nunca he estado tan cerca de ser un personaje de un cuento de Ismael como aquella noche.


Cuando Ismael presentó El jardín llovía un poco. Parecía que había vuelto a escribir con regularidad después de la muerte de Félix. Llegué a tiempo para mojarme un poco, desde casa de mis padres, un autobús, dos autobuses, tres autobuses. Detrás de Ismael había un estante con sus libros antiguos. Compré De Madrid al cielo. Quería que me dedicara El jardín a Ana y el de Madrid a Ana. Lo hizo al revés. Acertó, como casi siempre. Sigo leyendo el libro porque el chico flaco que sale en la fotografía se lo hubiera pasado muy bien con Luis y conmigo en el limbo atemporal en el que ninguno hubiéramos cumplido treinta años. Yo creo que ambos, Luis y yo, hubiéramos sido buenos escuderos de aquel Ismael Grasa. Así que cada vez que lo hacemos reír me emociono.

El 2 de diciembre de 2015 Ismael Grasa caminaba por Ateca, observaba la fábrica de Hueso y el lugar donde se encuentran el Manubles con el Jalón. En el libro hay un capítulo en el que habla de balnearios. Algunos de ellos están muy cerca. El que está en Alhama de Aragón. Nunca había pensado que podría haber material para un mitómano en un balneario. Nada teniendo en cuenta que a pocos kilómetros de Alhama está Carenas, el pueblo donde nació Manolo Kabezabolo y a otros pocos kilómetros está Jaraba, donde nació Santi Ric. En Jaraba también estuvo Ismael.

Diez años antes, en el 2005, escribí un poema que se llamaba Ismael y Eva. Había una cita de esas que no se esconden. Porque Ismael es poeta de cabecera de los que seguimos buscando: “Esa ocasión en la que me iba arrimar a ti/y el resto de las veces en que tampoco lo hice/y el considerar más adelante, sin falsas sorpresas/que nunca hay cuerpos suficientes/que compensen/un abrazo no dado en el momento”. Eva estaba en la biblioteca de Ateca dando una charla. Hablaba de Ropa tendida, su primer libro de relatos. En él hay un pasaje que me ha mantenido en vilo muchos años. La protagonista tiene que ir a recoger las llaves de un piso de protección oficial en un acto institucional y su novio se niega a acompañarla. Está tan bien escrito que cuando mi suegra leyó el libro coincidió conmigo en que esas páginas, las de esa historia, tenían algo. Unos meses más tarde, unos años en realidad, Ismael nos desvela que era él quien se quedó fuera.


Comienzo del año 2016: Rofolfo Notivol y yo, con abrigos largos negros, paseamos una mañana de sábado por el barrio de Las Fuentes, parecemos dos detectives furiosos esperando que llegue la hora que la prudencia marca como disparadero para un trago. Mientras tanto recorremos calles que nadie recuerda y acabamos llegando al Silos. Rodolfo me cuenta que estudió allí. Me cuenta muchas cosas. Seguimos buscando calles que hay que volver a descubrir. Historias de incendios terribles y formaciones ridículas. Me habla de un artículo que escribió Ismael de aquella zona. Unas semanas más tarde me entero de que uno de mis alumnos más problemáticos se ha marchado a Zaragoza con su madre y lo han matriculado en el Silos La máquina devora. Voy a ver a mi madre. Mi padre me cuenta que fue con un viejo amigo, maestro nacional como él, a ver jugar a la selección juvenil aragonesa en el campo que había detrás del Silos. Glaría-así se llamaba su amigo-lo convenció diciéndole que había un chaval que jugaba fetén. Era Víctor Muñoz. Yo vi con mi padre el último partido en activo del pulmón aragonés: Promoción Zaragoza-Murcia, 90-91, 5-2. Lo recuerdo como si fuera ayer. El comienzo del mito Poyet. Fuck da Maneiro. En el libro habla de sus viajes en tren y en autobús con José Luis Cano recorriendo los destinos de veraneo de los aragoneses. Artículos que no sé dónde estarán. Seguramente no estará el que hablaba de las Fuentes, porque Las Fuentes no es destino más que para un par de sabuesos desbocados en busca de exorcismo.




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