jueves, 20 de agosto de 2015

Maestro Carnicer

No puedo hablar, no puedo ni respirar. He dejado tantas palabras sin decirte. Me ahogo porque me tengo que ahogar en este aire que ya cada vez se comparte entre menos. No tocamos a más, no tocamos a nadie.

Hace mil años escribí: "Llevo las alas recogidas dentro del abrigo./Quizá así consiga parecerme a vosotros". Hace mil años y un día escribí: "Al acabar el concierto nos viene a ver Javier Carnicer. Es como un ángel cansado con las alas a medio lijar bajo la chupa de cuero. Él comprende mis lamentos, el del misántropo, el del vampiro, el del ángel que esconde las alas bajo el abrigo para parecerse a nosotros."

Ha muerto el maestro. Me regaló sus palabras y algunas no las contesté. 


Una vez quedó este texto inédito que me regaló para una revista que nunca vio la luz, una reseña de uno de sus maestros, Ángel Guinda: 


UN SALVAVIDAS PARA NÁUFRAGOS, UN LIBRO DE ÁNGEL GUINDA



No hay que asustarse por el título, Conocimiento del medio, algo seco tal vez para un libro tan jugoso. Antes de leerlo, de no conocer al autor, nadie diría que esconde unas páginas tan cálidas, brillantes como piedras de volcán, pulidas y hechas joya con humilde maestría, al amor de la lumbre o de la lucidez, como seres rescatados de un incendio.

Deslumbra su presencia en las manos igual que un tesoro: una lámpara maravillosa escondida en la manga; un frasco de veneno contra todos los venenos; una botella de poso embriagador que se aleja de la orilla como un salvavidas para náufragos.

En su interior, esos caldos sutiles del Oriente mezclados con los vinos de la tierra, fuertes y densos, elaborando esa resina que despierta la lengua, ese jugo del pensamiento deshojado, prensado, tan fino al paladar que desciende al corazón sin darte cuenta, donde se posa al fin inquieto, temblando, como la hoja de un poema, de un poema de Ángel Guinda.

Sobrecoge, se queda el corazón en un puño, pero no golpea: se abre lentamente y te acaricia el desaliento, toda la desolación, el desengaño sorbo a sorbo, la indiferencia elemental. Al tacto, la ternura hacia el tú, la piedad hacia el yo, la imagen que emociona la voz: moral hermosa, belleza desnuda en la conciencia del poema, del poema de Ángel Guinda.

No cito ningún verso porque el libro entero es una cita. Y en su doble sentido. Una cita a esa hora tan puntual que carece de tiempo: la eterna exactitud donde espera el poema, el poema que siempre te recibe, el poema de Ángel Guinda, con los versos abiertos.




Hablamos de la poesía de Carnicer: 

Si hablamos de la trayectoria poética de Javier Carnicer, sus dos libros publicados hasta la fecha son "La sombra del obituario vista por su huésped", editado en 1982 por Picazo en 1982 en Barcelona. Libro del que sólo se editaron 1000 ejemplares y en cuya presentación oscense se montó una exposición-montaje-presentación en la que participó, por ejemplo, el artista oscense Alberto Carrera Blecua. Aquel libro, de componente libre y lúdico, estaba muy influenciado por poetas de corte vanguardista como el tristemente desaparecido José Miguel Ullán. Aquel libro recibió una estupenda crítica por parte del poeta y crítico Ángel Guinda en el Heraldo de Aragón, bajo el título de "El ludiverso de Javier Carnicer" el 14 de Febrero de 1985. En él, Guinda se refiere a "Se bienhumora contra amargo desamor con ironías, mordacidades, improperios en los que aprovecha neologismos existenciales (ascoiris, gaviotean…). Ramón Irigoyen se divertía como espectador del guiñol.Y entre algunas otras cuestiones que lo limitado de una reseña me impide abordar, destaca ese instinto (para mí, lo más logrado del libro: por su sintetismo e ingenio insertos en lo experiencial) de poemación experimental mezcla de visualización, concretismo, ultraísmo que, sin rozar los caligramas apollinerianos, ya que no busca dibujar el objeto de referencia; sin ser frases o alarmas a lo Ullán; sin entrar en la zona de un Julio Campal o un Huidobro vanguardistas, ni en Millán, ni en los fotopoemas de Luis M. Muro, retiene ese toque de incitación a la participación por parte del lector que yo mismo practico componiendo una postal (la titulo Anualverario) con los doce meses del año: doce páginas, a una por mes, en la somete de obituario vista por su huésped." Y más recientemente Estuche de Lijas, publicado por la Universidad de Barcelona, en el que el concepto del poema como lija para limar el horror de la realidad, un libro alucinado y romántico, de monstruos poseídos, caminantes melancólicos... y que sirvió de base para el disco Lijas.

En Marzo del 2011 después de haber estado con él en Francia Richi Fandangos y un servidor montamos el concierto de Lijas en la Ley Seca con el apoyo de Luis Cebrián y Arcade Producciones: 




La poesía del vampiro Javier Carnicer, los mantras del duende Justo Bagüeste, las imágenes hipnóticas de Orencio Boix, ingredientes de una mixtura que tiene mucho de alquímico. Lijas se presentó en una Ley Seca en la que convivían artistas, escritores, fanáticos del spoken word y analógicos y postmodernos de distintos pelajes. Rock recitado sostenido por saxofones, por samplers imposibles, por caminos indiscretos en blanco y negro. Las voces de las mujeres invisibles servían de alimento a los sueños, demasiado tiempo, demasiado bien. Barajando los temas originales hasta alcanzar una amalgama sincrética, de club nocturno, de respiración entrecortada, de picadura de serpiente. Flor de ceniza, la oda al penúltimo piel roja, sonó chirriantemente tóxica, el panegírico al penúltimo ángel de Bajo continuo (más cerca del purgatorio que de la tierra rojiza), el despertar de la pesadilla al ritmo de cuchillos y cristales que es DominioEl Lamento del Misántropo, santo cáliz inesperado para todos los chupasangres o el aura narcótica de Soñador Insomne, como un opiáceo de rimas, Lijas seduce a la vida con la sombra de la muerte. Al final, cuando la cocina del alma ordena el cierre, el blues del suicida, lanzándose al mar y encontrando un tesoro, vencidos por las sirenas, nos dimos cuenta de que habíamos recibido un corazón de plomo con el que fabricar nuestros pensamientos.



En Mayo del 2012 llegó Polar: 


Todos esperábamos la llegada del mal tiempo, el desquicio final de la brújula, el final de un tiempo que no quiso empezar. El veneno inoculado por el roce con la caja de Lijas ha vuelto a llamarnos con su voz de amapola. Bagüeste&Carnicer entregan este EP que en palabras de Justo BagüesteLo presentamos y sale a mercado como "POLAR EP". Se puede considerar como las previas, o el "work in progress", que anteceden al lanzamiento del disco completo que saldrá en otoño, previsiblemente el 1 de octubre, en formato vinilo y compuesto de 10-11 temas.

Paraíso emerge como un vampiro saliendo de la parte de abajo de un club de jazz,  el saxofón de Justo Bagüeste con su calidez nutritiva introduciéndose dentro del cuerpo, la percusión rítmica marcando tibio el ritmo de un de corazón. Primero de Mayo, sortilegio de viento, acústica angulosa, la palabra de Javier Carnicer, amante de las noches, prestidigitador de los días, acumulando momentos preciosos, esclavo de la vida. El sonido rockero de Tregua, con el saxo de Justo como una cuchilla que se abre paso en mitad del éxtasis narcótico, la batería de Jesús Alonso, penúltimo aliado de Bagüeste desde la banda de free jazz Les Rauchen Verboten más Gonzalo Lasherasdando contundencia desde sus bajos reales, instrumentalizan los absolutos para queJavier Carnicer mezcle el peyote con las sílabas y acelere nuestras horas en la repetición. Valor, con una caja de ritmos aterida, la psicosis del soplido, la nota sostenida por el procesado electrónico, la voz clara de Javier Carnicer que arranca la venda de nuestros ojos. Susana Cáncer, uno de los artistas más interesantes de la escena española, aparece como en un susurro afónico para acompañar en la composición y en un analgésico theremin en el tema Ambición. El cierre llega con la explosión controlada de una burbuja de sonido, Polar, frío primigenio, los monstruos que nos observan con los ojos enrojecidos, la mandrágora que nos intoxica, el sueño eterno que es el peor de los descansos.


Este EP, Polar, es un compendio orgánico de rock recitado, magníficamente construido por las manos sabias del mito, de un Justo Bagüeste en un momento mágico, con su rítmica mántrica y sus metales dionisiacos, y por la garganta ajada deJavier Carnicer, incisivo, afilado, preciso en sus impactantes imágenes.Bagüeste&Carnicer, ángeles de poesía oscura, bardos de electrónica prohibida.




Una vez le pregunté sobre Carnicería Carnicer y me contó:

“Que por mayo era por mayo” de 1987 cuando le dije a Felipe Garzo que tenía un montón de canciones escritas y que también tenía las melodías, los ritmos, la estructura de los temas, etc. Felipe era uno de mis guitarristas preferidos y además era de Huesca y vivía, como yo, en Barcelona, así que le sugerí la idea de formar una banda de rock trágico que se llamara Carnicería Carnicer, donde el sonido de la guitarra era imprescindible para abrazar los delirios expresivos de la voz hasta alcanzar una especie de orgasmo sónico y vital. Ambiente oscuro pero intenso, ecos latinos, existencialismo irónico, romanticismo suicida, gravedad, nervio y ternura. Le pasé una cinta de casete donde mi voz intentaba transmitir las letras, las melodías, los ritmos, y qué sé yo: los temas interpretados de viva voz a base de sonidos guturales, sin un solo instrumento que me acompañara. Al cabo de tres días me llamó y me dijo que había grabado en un 4 pistas unos cuantos temas y que sólo faltaba poner la voz para tener una maqueta de C.C. Felipe había programado la caja de ritmos y había puesto bajo y guitarra. El primer tema que escuché fue, precisamente, “Carnicería Carnicer” y me pareció asombrosa la guitarra y todo el tratamiento que hizo Felipe del tema. El segundo fue “Maneras de amar”, el tercero “La eterna tragedia”… En fin, en una semana grabamos 11 temas. Felipe estaba entusiasmado y yo completamente por las nubes. Al inicio del verano llevamos la maqueta a Huesca y la movimos por ahí. La acogida fue sorprendente: emisoras de radio, bares, periódicos, músicos, etc. A la semana siguiente se formó la banda y ya estábamos ensayando para los bolos que teníamos ese mismo verano. Tal cual. Al bajo, Curro Domínguez (guitarra de The Chuttones), y a la batería, Víctor Morlán (Orni). Debutamos el 8 de Agosto en Huesca, vísperas de San Lorenzo, y el llenazo fue increíble y el conciertazo de antología, con equipo de luces y sonido de una gente estupenda de Zaragoza, que nos calaron enseguida e hicieron que sonáramos como los ángeles. El sacrificio íntimo llegó hasta el punto de que me rompí la pierna en un salto (nadie se enteró, el sufrimiento que emanaba de las canciones no era fingido) y fui escayolado al día siguiente. Al cabo de una semana aparecimos en otro escenario, en una plaza de Huesca, ya en plenas fiestas, con la pierna escayolada por mi parte y con toda la energía de mis colegas. Aparecí con bastón y fue uno de los conciertos en los que más he disfrutado. En fin, qué tiempos aquéllos. Nos brindaron críticas hermosísimas, tituladas “Excelente matacía sónica”, “El corazón de la tragedia”, etc. Sonamos en muchos programas de Radio 3, sobre todo en Discópolis, y también en algunos de Zaragoza, donde tocamos en la Sala Metro en el mes de octubre. Hicimos actuaciones en Barcelona y en Madrid y poco a poco el asunto se fue disolviendo, debido, sobre todo, a que dos músicos vivían en Huesca y otros dos en Barcelona. Con las discográficas y los productores interesados nunca me entendí, hablábamos lenguajes muy distintos. La cosa se acabó en 1990 y poco después formé en Barcelona Manicomio Romántico.



Hablamos en la radio

He estado escuchándolos estos días y estoy completamente fascinado con las canciones, pues aunque empieza con melodías esencialmente after punk, muy oscuras, luego evolucionan hacia una especie de rock latino, en el buen sentido de la palabra, casi boleros enfermos, muy en la onda de bandas oscuras de mexico, los primeros Coyotes de la Estación del Amor...




Hicimos un programa sobre Carnicería Carnicer con las canciones que nos dejó Orencio.



Creo en el vino, el tecnopop y el yeyé, las películas de zombies, las mujeres y los tebeos. Creo en el las cintas VHS dentro del vídeo para grabar videoclips por sorpresa o el final de una etapa del tour de Francia, creo en las cintas TDK, en las verdaderas mixtapes, en los EP´s de vinilo, en la familia y en los amigos que han tenido hijos y siguen tocando la guitarra y yendo a ver el baloncesto. Creo en los trenes baratos, la rumba, la soda, los fanzines y las copisterías, creo en Leonard Cohen y Javier Carnicer, en los Smiths y los Golpes Bajos, en Sergio Algora y Félix Romeo, los maíces, las librerías de saldo, en Huesca, en Logroño, en los viejos clubs, creo en el spoken word, el menú del día en un japonés, las americanas, los botines, las tazas para el té y el café, el continente a la altura del contenido...creo en Gainsbourg, Allen y Truffaut, creo en ti, Miqui...y sobre todo, creo en los programas de radio de madrugada, porque sin ellos no habría vida o sería mucho más aburrida.

lunes, 10 de agosto de 2015

Interino 8: Karem Abdul Jabbar en Samper Chiqui (verano de 1988)

Resultado de imagen de los inventos del tbo

Me mandaron a aquel campamento en Samper. Un sitio del Pirineo. Nunca me he puesto a buscar dónde estaba exactamente. No fueron mis mejores días, la verdad. Uno puede encontrar buena gente en casi cualquier lugar, pero no era eso. Había dos casas en Samper. Una grande, donde dormíamos y otra más pequeña, Samper grande y Samper Chiqui. Lo de Chiqui es cierto. Era habitual que a los alumnos de Marianistas nos mandaran allí de campamentos. Mis padres me enviaron esperando que pasara un buen rato, que hiciera amigos. En la Samper Chiqui desayunábamos, teníamos unas taquillas para guardar nuestras cosas. Creo que también estaban las duchas. O quizá nos duchábamos fuera. Era verano. Estábamos en el campo. Me aburría mucho, muchísimo. Era el verano de 1988 y los Ángeles Lakers se enfrentaban a los Detroit Pistons en la final de la NBA. Los Lakers ganarían aquel título a los Bad Boys que los arrasarían al año siguiente. Pero en el 88 todavía estaba Magic, Byron Scott, Whorty, AC Green y Karem. Abdul Jabbar, 2'18, el gancho del cielo, Aterriza como puedas. Karem y el puño en alto. Yo pasaba todas las horas que podía en la biblioteca de Samper grande. Había unos tebeos encuadernados en las estanterías. Parecían enciclopedias, pero en realidad sus páginas estaban llenas de ediciones completas del DDT y del TBO. Eran muy antiguas, pero allí estaba yo, escondido, leyendo tebeos en el verano de 1988. Esperando que pasaran los días. Todos corriendo arriba y abajo, como sioux de saldo, jugando al fútbol, tirando piedras al río. Yo encerrado en una sala oscura, leyendo historias de la Familia Ulises, Don Pío, Agamenon, los inventos del TBO. Ya eran antiguos entonces. Mientras, Karem la recibía de Michael Cooper, elevaba el brazo derecho y adentro. Bill Laimbeer solo podía mirar. Al año siguiente comenzaría la modernidad. Sacadme de aquí, por favor.


Interino 7: El canon del menudeo



Caminamos entre los puestos del rastro de L. suena una y otra vez la campana de la catedral, encima de nosotros, rasgando el tiempo a deshora. Los puestos acumulan restos y zarrios: móviles de hace un millón de años, pantallas rotas, baterías con las venas de mercurio rasgadas, discos de vinilo de zarzuelas que se resquebrajan entre mis manos.Raros, moros, gitanos con guitarras afinadas, carnets oficiales, altavoces llenos de promesas semanales, cartillas de lectura de la EGB, un trombón, manojos de llaves que abren puertas que ya no existen.

Los mismos libros de siempre: Juanjosé Benítez, la colección de Best Sellers Planeta donde leí La Amenaza de Andrómeda, la de RTVE con las portadas naranjas y las hojas amarillentas y acartonadas, las ediciones de Círculo de Lectores, el miedo que pasé leyendo los libros de Mundo Desconocido, Vizcaíno Casas, Vázquez Montalbán, las mismas caras de las mismas monedas.


Encuentro un mechero conmemorativo del Mundial del 98. El día de la final del mundial 98 estaba en Teruel, en la Vaquilla. El año anterior también había estado en la Vaquilla. El día que mataron a Miguel Ángel Blanco. A veces las fechas se te agarran como una garrapata y es imposible arrancárselas ni con vitriolo. Disco sorpresa de Fundador vs juegos de la PlayStation 1 sin caja. ¿Qué marca el límite entre lo antiguo y lo muy antiguo? Nos falta darle academicismo  a la quincalla.

domingo, 2 de agosto de 2015

Interino 6: Parpadeo sartriano



Estoy vigilando un examen de ecuaciones durante una de mis guardias. Aprovecho para leer un poco de Fernando Sanmartín. Hay una frase que me gusta, la apunto: "Es absurdo olvidar a Sartre. Pero hay algo mucho peor: olvidarse de cómo era uno cuando leía a Jean Paul Sartre". Recuerdo una obra de Sartre, A puerta cerrada. Me gustó mucho la primera vez que la leí en la pequeña biblioteca que había al lado de casa de mis padres. Era una biblioteca minúscula, había muchos tebeos, antes de Sartre estuvieron Lucky Luke y Asterix y también algunos más extraños, como aquella serie de un jugador francés que fichaba por el Barcelona que se llamaba Eric Castel. Yo las leí unos cuantos años después de que se editaran originalmente. Tenía una estética de los setenta, una mezcla entre Johan Cruyff y Frank Beckenbauer mucho antes de existir Platini. Y también me leí completas las aventuras de Iznogud, un curioso personaje que vivía en la época de los califatos. Caracterizado como un válido de un Califa más preocupado por la gula y lo sensual, el Bagdad que aparece en los álbumes daba lugar a mil historias distintas. Muchos años después, Ana me enseñaba alguno de los dibujos que hacían en las peñas de Ateca durante las fiestas. Una de las pegatinas de finales de los ochenta llevaba una especie de adaptación de aquel Iznoud con su mal humor perenne. Además de tebeos, años después, leí aquella maravilla, A puerta cerrada se llamaba. Estuve buscándola por Zaragoza, pero no había manera de encontrar ninguna edición de aquella pieza teatral. Cuando se lo comenté a mi padre me dijo que la habían representado unos cuantos años antes en la Escuela Oficial de Idiomas donde estudiaban tanto mi padre como mi tío. Recordé haber estado entre el público, en una representación de teatro leído, un niño muy pequeño, viendo como mi tío y mi padre, junto a otros compañeros, emulaban a los fantasmas más oscuros del existencialismo. Recuerdo que mi tío llevaba una boina negra. Hay gente que termina siendo concejal en el Ayuntamiento que defiende el robo de libros en librerías y grandes superficies. Entiendo que no está incluido en primero de corsario hacerlo en una pequeña biblioteca pública. Curisosamente cuando viajé a Buenos Aires para trabajar en la Universidad con una beca, prácticamente en la primera librería de Corrientes en la que entré, entre los montones de saldo, había una edición española. Había muchos ejemplares. Me compré uno para mí y un par más para regalar. A veces pienso en volver a Buenos Aires. Sueños que se cumplen en la primera esquina. Imagino un mes en un barco. Mareado, muy mareado. Volver a entrar en el Tortoni y que todos los fantasmas del barrio sigan allí, esperando, con el mate listo. Jean Paul Sartre con los años me ha aburrido mucho. Sus ensayos políticos tienen el tufo rancio del que buscaba culpables en todos los sitios menos bajo su propia silla. Pero la verdad es que, si lo pienso, sigo sintiendo una simpatía absoluta por quien era yo cuando leía a Sartre o todavía más por quien era yo cuando buscaba obras de teatro entre los libros baratos de las librerías de Buenos Aires.  

Interino (5º): La cotización de la Alianza Rebelde




Mi abuelo guardaba informes de la cotización de los valores de la bolsa. Miles y miles de aquellos papeles recios, con una presentación sobria, en azules y blancos, llenos y llenos de números. Imagino que entonces, todavía no existía ni el teletexto, saldrían publicadas de un día para otro y los que tuvieran acciones -o bonos como se decía entonces- harían acopio de aquellos informes y seguirían la evolución de los distintos valores con la dedicación del amanuense. Mi abuelo guardaba todos aquellos papeles, montañas y montañas de aquellos papeles en los cajones del mueble del cuarto de estar. Abrías un cajón y encontrabas aquellos cartones rectangulares amontonados, sin ningún valor. Yo le pedía permiso a mi abuelo para jugar con ellos. Mi abuela me dejaba las tijeras que guardaba en la caja de la costura, unas tijeras enormes de metal que mi abuela utilizaba para cortar hilos cuando cosía. Recortaba aquellas impresiones efímeras y les deba forma de naves espaciales. Entonces veíamos V en la televisión y yo alquilaba una y otra vez el Imperio Contrataca en el videoclub del Corte Inglés. Los recortaba dándoles la forma de los cazas X-Wing y de los grandes destructores imperiales. Era más barato que comprar las figuras de Kenner. Simulaba la batalla final en la Estrella de la Muerte. No sabía qué era eso de simular. Todavía no sabía qué era un diorama. Pero estaba metido en la revuelta rebelde hasta las cejas.  

viernes, 31 de julio de 2015

Interino (4º): Sabores antiguos



No recuerdo mucho de la abuela Áurea. Me acuerdo de los bocadillos que me preparaba para merendar. Me preguntaba de qué los quería, de jamón o chorizo. Yo siempre le decía que de chorizo y ella me ponía de las dos cosas. Yo a veces me quejaba, no entendía para qué me preguntaba de qué quería el bocadillo si luego iba a decidir por su cuenta. Andaba despacio por la cocina de la casa de la calle Latassa. No había ascensor en aquella casa. Mi abuela tenía problemas circulatorios. La sangre gorda que se decía entonces. También me acuerdo de que tenía una panera en la despensa. Una panera que se abría hacia arriba, como una especie de buzón de correos de lata. A veces el pan se quedaba allí olvidado, algún trozo, migajas. Me escapaba a la despensa y untaba el dedo en saliva para recoger los restros de la panera. Recordar aquel sabor de pan rancio, como si lo hubiera comido hace un minuto. Recordar aquel sabor y no el del jamón y el chorizo mezclados en un bocadillo.