sábado, 20 de agosto de 2016

La vida en la frontera: un relato para el verano

Relato aparecido en el Heraldo de Aragón de jueves 18 de agosto (fotos de Ana Lacarta)

¿Dónde se bifurca la vida? En el límite, en la frontera. Busco mi primera parada: la Ermita de la Raya; límite entre Castilla y Aragón. En su pila bautismal el bautizado adquiría la doble condición de castellano y aragonés. Sigo con el dedo la línea sobre el mapa y como un mirón contemplo el beso de Aragón con Castilla que entra y sale de ella como un meandro, como la desembocadura de un océano antiguo, un continente añejo. 


Ermita y castillo de la Raya (Pozuel de Ariza)

La tierra es roja y el aire sabe a polvo en la frontera, como si todas las vías muertas, de noche y a traición, invocaran a los antiguos trenes para que levantaran falso testimonio. El único superviviente va desde Zaragoza hasta Arcos de Jalón. Los pueblos se cierran sobre los vagones con el hambre antigua de los apeaderos fantasmas. Vivir en la frontera es buscar el final de los kilómetros, ver cómo los autobuses de línea desaparecen. 


Vía muerta (Pozuel de Ariza)


En Ateca se respira el cacao y las muchachas guardan en su armario los vestidos de sibilas. En la frontera todavía hay huellas de la antigua Nacional que atraviesa los pueblos. Cuentan que los camiones pasaban tan deprisa por las calles estrellas que a veces arrancaban trozos de los balcones. La vida en la frontera no espera. 


Chocolates Hueso (Ateca)
Conjunto urbano (Ateca)

Desde Ateca en dirección al pantano de la Tranquera. Los árboles se cierran sobre los lindes de la carretera y dejamos a la izquierda Carenas; el camino es estrecho y mareante hasta que se abre a la luz del agua estancada de la Tranquera. Nuévalos abraza al visitante con cariño y el Monasterio de Piedra es uno de los lugares telúricos donde se entrecruzan fe y lo pagano. Seguimos subiendo, los pueblos en la frontera están siempre cerca de los cauces. Superviviente de la ribera, Aragón aquí sabe a congrio seco y garbanzos y sonlas manos secas y ajadas de los que trabajaban la soga y el cereal las que sobreviven. Miles de girasoles, como testigos mudos, estatuillas sin ojos que siguen con su mirada imposible al viajero. En Nuévalos hay un silo en la entrada del pueblo. Alguien ha escrito "sala de arte" sobre el recuerdo del Servicio Nacional de Trigo. Seguimos avanzando y dejamos a la derecha el Hotel Las Truchas, cuentan que en los setenta Peret se dejaba caer por aquí y las juergas todavía se recuerdan. El vergel de la ribera se extingue mientras subimos y subimos.




Campillo

Más de mil metros sobre el nivel del mar en la frontera. Paisaje lunar que anuncia que llegamos a Campillo, el último pueblo antes de Guadalajara. Campillo es un pueblo de calles estrechas y empinadas y el calor de su mediodía es solo una tregua que anuncia la llegada de la noche, siempre hambrienta y heladora. En Campillo hay dos iglesias y en la más alta cuentan que se guarda una Sábana Santa, una síndone menor. No se puede distinguir Aragón de Castilla, ni en el primer paisaje ni en la gente que espera el final, la entropía de la juventud que desaparece. El único chico del pueblo cuando baja al instituto de Ateca lo llaman Campillo. Campillo, el chaval, es el último que queda en el pueblo. No se puede decir que has vivido Aragón entero si no conoces la frontera. Uno no sabe si los días aquí son una condena o una bendición.



jueves, 5 de mayo de 2016

Interino 17: La independencia se paga

Estoy escribiendo una reseña sobre Los idiotas prefieren la montaña de Aloma Rodríguez para la revista Afiche. Me doy cuenta que el día de la presentación no pude contar todo lo que quería. Me doy cuenta de que sigo en un exorcismo continuado y prohibido. ¿Quién cerrará este círculo? El pleonasmo, el pleonasmo. 

Cuando operaron a Sergio Algora pasó semanas en una habitación de hospital. La peor abstinencia -puesto que estaba lo suficientemente medicado- fue la sexual. Su amigo Andrés Perruca le llevaba revistas de mujeres desnudas y artículos ilegibles para provocarle. Sergio contaba que cuando la enfermera le quitaba las grapas que mantenían su cuerpo unido el simple olor de su perfume lejano le producía una erección. Dolorosa, como todo lo que fuera sangre y carne. Y todo era sangre y carne en aquella época, sangre y carne dolorida.

Sergio Algora murió a la misma edad que su admirado Boris Vian. 39 años. Vian, tal y como me contó el mismo Sergio un domingo que comíamos en su casa, falleció de un infarto horas después de ver lo que él considerada una inefable adaptación cinematográfica de su obra Escupiré sobre vuestras tumbas. El corazón. El órgano de la sangre y la carne dolorida.

Sufrí el Sergio enfermo. El de las latas de atún de madrugada y la cola del sintrom. Me levantaba, a veces sin haber dormido más de una hora o dos, e iba a la fábrica. Sergio se quedaba durmiendo y me decía que le llamara a mitad de mañana, cuando parara para el almuerzo. Que entonces él se despertaría, se ducharía y, sin lentillas, iría al hospital. No lo hizo nunca. 

Sergio me prestó la única biografía que existía en español sobre Boris Vian. Nunca pude devolvérsela. También se dejó una chaqueta, una cazadora en casa. Había sido de Andrés Perruca y la llevaba el día que le presentó su primer libro a Aloma. Ana me hizo tirar aquella cazadora. No sé porqué le hice caso. El amor es más fuerte que el olvido. En casa dejaste olvidado también el manuscrito con la letra de El hombre que perdió los papeles, una canción del último disco de la Costa Brava. No sé si esto es un pleonasmo pero sí que es una casualidad de narices. Luego seguimos con las casualidades. Una más, antes de que se me olvide. El día que murió Sergio me puse tan nervioso que terminé en un centro comercial muy lejos de todo, en el Actur. Me pasé la mañana comprándome pantalones para ir su entierro. Carmen vino a buscarme con su coche. En una horrenda librería clónica que había en la planta calle de aquel centro comercial encontré, aquel mismo día, en la sección de poesía, un ejemplar de Envolver en humo, el primer libro de Sergio, editado por Manuel Martínez Forega, antes del crack de Panero que trajo Nacho Vegas. El ejemplar estaba firmado. 

La muerte del padre de Sergio, aquel personaje pícaro que protagonizaba el Día del Cielo fue unos años después. Nuestros padres, el abrazo protector y cómplice que ha sido nuestro mejor combustible. El día que mi madre conoció a Sergio fue en su casa. En casa de mis padres. Habíamos estado comiendo y Sergio quería imprimir sus nuevos poemas. Había ganado un premio con ellos. No teníamos impresora. Ninguno de los dos. Mi madre sí, claro. La independencia se paga. Otra vez tenía que ir al programa de Borradores. Se nos hizo tarde. Le propuse coger el autobús. Un hombre de tren y taxi. La independencia se paga. Todos tenemos vicios adquiridos, de nuevos ricos, de antiguos pobres. Yo compartía uno con Sergio, usar coche con chófer femenino. Lo he tenido que abandonar con el tiempo. La independencia se paga.


Había estado en pocos funerales antes que el tuyo. La pérdida de la inocencia no la suministra el sexo ni la droga, la pérdida de la inocencia la trae la muerte. Y toda la vida habla de la muerte. La muerte nos sorprende siempre. Es inoportuna. Llega a la casa sin haber sido invitada y cuando se marcha no hay nadie capaz de acabarse las copas, tan calientes y sin hielo. ¿Cómo me voy a morir me decías? Ahora podría morirme, delante de ti, como un pajarico. Llevabas las piernas hinchadas y el vaso de vino estaba vacío.

Unos días antes de la presentación recuperé unas fotos que nos hicieron en la Plaza Santa Cruz. No hay muchas fotos de Sergio. Una mezcla de desdén tecnológico y oficialidad pop. Sergio era de la nobleza y solo tenía fotos oficiales. Me gusta recuperar esas fotos, en una terraza, después de comer. Más allá del Bacharach y de la fiesta interminable. Los dos vestimos igual: unos pantalones demasiado anchos con los bajos rotos y sucios. Calzado mestizo, ni zapatilla ni zapato. Hay momentos en los que reímos y otros en los que bebemos champán tibio. Ya no está Sergio ni está el restaurante donde comimos aquella tarde. El Portolés se llamaba. 

Tampoco está el alcalde que se convirtió en personaje involuntario de las columnas de Sergio en el Heraldo. El Heraldo y su manual de estilo para cómo se sobrevivir a una guerra. Hay gente que nos bajamos del barco y otros siguen que subidos mientras escupen el agua que les entra por el culo.

Quería hablar el día de la presentación de Gainsbourg, pero no me dejaron. Se hacía tarde, me estaba pasando de tiempo. Antón Castro le preguntaba a su hija: ¿Quería ser Sergio Gainsbourg? Yo no quise leer la respuesta. Yo sabía la respuesta. El tenía miedo de convertirse en Gainsbourg. Guardo el recuerdo de una confesión a ese respecto que creo demasiado íntima para cualquier vía pública, si le interesa a alguien que pregunte.

La precisión paranormal con la que describe la muerte en sus poemas, sus amigos (Richi, Jesús, Aloma y yo mismo por ahora) con los que contactó en sueños después de muerto. Las botellas lanzadas al mar de la red (y vacías, en todo lo virtual), contenían el manuscrito Algora, el que hablaba del segundo Sitio de la ciudad. Y que sobrevive en distintas versiones en distintas manos.

Hay más casualidades. Como que Javier Corcobado recuperara en su repertorio solista su versión de Getsemaní de Jesucristo Superstar la última vez que tocó en Zaragoza. 

El dolor llega al terminar las historias. Por eso nunca nos detenemos. No hay yodo ni arnica en ninguno de los finales que usemos o que intentemos. Ana me dice que detenga la riada, como si hubiera diques suficientemente resistentes. Son como chispazos en la memoria que lo desbordan todo. Imagino que tiene que ver con el alejamiento emocional de mi ciudad. Y también físico, no seamos estúpidos. Hay sitios que solo conocí gracias a Sergio, sitios donde la barra todavía tiene una huella de su codo, de su torso inclinado en busca de un trozo de bacalao rebozado. Tan sencillo como eso. La mejor de las prosas atrapada por la grasa, entre los dedos. 

martes, 29 de marzo de 2016

Ismael Grasa: Una ilusión (yo confieso)

El próximo viernes se presenta el nuevo libro de Ismael Grasa, Una ilusión. Será en la librería Portadores de Sueños

El autor conversará con Ignacio Martínez de Pisón el viernes 1 de abril a las 20h en Los portadores de sueños (C/Blancas, 4 - Zaragoza).




Una ilusión es un libro definitivo. Es un libro de corazón abierto. Sin desbocarse, con la sutileza de Ismael, con la paciencia del guiso. Quería llamar a este texto El hombre tranquilo o también la Distancia breve, pero al final, lo llamaré Yo confieso:

Estaba en Huesca con una ex-novia. Periferias 2004. He contado mil veces la historia. Seguíamos con la época de los fanzines. Leopoldo María Panero, vino, patatas y mejillones. Yo no entendía nada. Víctor Coyote estuvo a punto de pegarme en el camerino. Había estado viendo la exposición sobre el Tránsito que había comisionado Ismael Grasa. Me pareció algo increíble. Estoy seguro que lamenté no haber estado en aquella época siendo un punk rocker enamorado viendo a los Mestizos. Ahora lamento no volver a aquella época en la que entrevisté a Servando Carballar en calzoncillos. Es bueno no conformarse con casi nada. Siempre que pienso en Ramón Acín, en Huesca, me imagino una conversación imposible entre Acín, Javier Aquilué e Ismael en La Zarza y no sé quién tendría mejor carcajada.


Unos años antes habíamos estado en casa de Ismael y Eva. Yo iba a tener una novia distinta unos meses más tarde. Un poco gracias a ellos. Comimos pasta y estaba muy picante. El vino venía muy bien. La casa era muy luminosa y estaba en una calle en la que nunca había estado. Ismael me regaló un número del fanzine “La piel de la badana” y unos años después los dos tomos de “La vida en un puño”, la biografía de Perico Fernández que escribió Mariano Gistaín y José Antonio Ciria. Lo he contado otras mil veces pero no siempre encuentro tiempo y ganas para sentarme y darle a las teclas: en la portada de Flamingos, el disco de Bunbury del año 2002 aparece el campeón del mundo animando a Enrique, que lleva el calzón de Escriche. En ese disco magnífico hay un tema San Cosme y San Damián. La letra dice: “como un verano que pasó/ que empiezo a echar de menos
como una cucharada de sal /que se disuelve en zigzag /en el mar” Bunbury hablaba de la muerte de su hermano. En Una ilusión Ismael habla del viaje que hizo con Félix Romeo a la ermita de San Cosme y San Samián, cerca de Barbastro, en la Hoya de Huesca. Allí dos hermanos quedarán atrapados para siempre entre “las anchas alamedas/los puertos de ultramar,/las perseidas en el cielo
de la noche elemental/.Como una canción de Bunbury, como en una canción de Berrio. Hay sangre que va más allá de la sangre. Hay hermanos que van más allá de la carne y del ADN.


Una noche de diciembre de 2008 Ismael y yo íbamos en un coche descendiendo desde Monzón hasta Zaragoza. Era un sábado o un viernes. Por aquella época tenía muchos asuntos pendientes cada noche de fin de semana. Ismael había cumplido ya los cuarenta años. Yo estrenaba con gusto los treinta. Pasamos por Almudévar y hablamos de la trenza y de las discotecas de música electrónica. Todas las historias que había oído de Ismael en China retumbaban en mi cabeza. No me atreví a preguntarle nada. Así que ahora que lo leo en Una ilusión me quedo más tranquilo. Busco en internet e imagino que hicimos Almudévar, Gurrea de Gállego, Zuera y Villanueva de Gállego. Según el mapa son 140 km de noche, hora y media larga. Supongo que nunca he estado tan cerca de ser un personaje de un cuento de Ismael como aquella noche.


Cuando Ismael presentó El jardín llovía un poco. Parecía que había vuelto a escribir con regularidad después de la muerte de Félix. Llegué a tiempo para mojarme un poco, desde casa de mis padres, un autobús, dos autobuses, tres autobuses. Detrás de Ismael había un estante con sus libros antiguos. Compré De Madrid al cielo. Quería que me dedicara El jardín a Ana y el de Madrid a Ana. Lo hizo al revés. Acertó, como casi siempre. Sigo leyendo el libro porque el chico flaco que sale en la fotografía se lo hubiera pasado muy bien con Luis y conmigo en el limbo atemporal en el que ninguno hubiéramos cumplido treinta años. Yo creo que ambos, Luis y yo, hubiéramos sido buenos escuderos de aquel Ismael Grasa. Así que cada vez que lo hacemos reír me emociono.

El 2 de diciembre de 2015 Ismael Grasa caminaba por Ateca, observaba la fábrica de Hueso y el lugar donde se encuentran el Manubles con el Jalón. En el libro hay un capítulo en el que habla de balnearios. Algunos de ellos están muy cerca. El que está en Alhama de Aragón. Nunca había pensado que podría haber material para un mitómano en un balneario. Nada teniendo en cuenta que a pocos kilómetros de Alhama está Carenas, el pueblo donde nació Manolo Kabezabolo y a otros pocos kilómetros está Jaraba, donde nació Santi Ric. En Jaraba también estuvo Ismael.

Diez años antes, en el 2005, escribí un poema que se llamaba Ismael y Eva. Había una cita de esas que no se esconden. Porque Ismael es poeta de cabecera de los que seguimos buscando: “Esa ocasión en la que me iba arrimar a ti/y el resto de las veces en que tampoco lo hice/y el considerar más adelante, sin falsas sorpresas/que nunca hay cuerpos suficientes/que compensen/un abrazo no dado en el momento”. Eva estaba en la biblioteca de Ateca dando una charla. Hablaba de Ropa tendida, su primer libro de relatos. En él hay un pasaje que me ha mantenido en vilo muchos años. La protagonista tiene que ir a recoger las llaves de un piso de protección oficial en un acto institucional y su novio se niega a acompañarla. Está tan bien escrito que cuando mi suegra leyó el libro coincidió conmigo en que esas páginas, las de esa historia, tenían algo. Unos meses más tarde, unos años en realidad, Ismael nos desvela que era él quien se quedó fuera.


Comienzo del año 2016: Rofolfo Notivol y yo, con abrigos largos negros, paseamos una mañana de sábado por el barrio de Las Fuentes, parecemos dos detectives furiosos esperando que llegue la hora que la prudencia marca como disparadero para un trago. Mientras tanto recorremos calles que nadie recuerda y acabamos llegando al Silos. Rodolfo me cuenta que estudió allí. Me cuenta muchas cosas. Seguimos buscando calles que hay que volver a descubrir. Historias de incendios terribles y formaciones ridículas. Me habla de un artículo que escribió Ismael de aquella zona. Unas semanas más tarde me entero de que uno de mis alumnos más problemáticos se ha marchado a Zaragoza con su madre y lo han matriculado en el Silos La máquina devora. Voy a ver a mi madre. Mi padre me cuenta que fue con un viejo amigo, maestro nacional como él, a ver jugar a la selección juvenil aragonesa en el campo que había detrás del Silos. Glaría-así se llamaba su amigo-lo convenció diciéndole que había un chaval que jugaba fetén. Era Víctor Muñoz. Yo vi con mi padre el último partido en activo del pulmón aragonés: Promoción Zaragoza-Murcia, 90-91, 5-2. Lo recuerdo como si fuera ayer. El comienzo del mito Poyet. Fuck da Maneiro. En el libro habla de sus viajes en tren y en autobús con José Luis Cano recorriendo los destinos de veraneo de los aragoneses. Artículos que no sé dónde estarán. Seguramente no estará el que hablaba de las Fuentes, porque Las Fuentes no es destino más que para un par de sabuesos desbocados en busca de exorcismo.




lunes, 9 de noviembre de 2015

España (música y letra: Cebrián&GómezMilián)




Rosa dice que no, dice que no a todos. Rosa dice que no a Rivera, dice que no a Pablo y al fantasma de Felipe. Rosa dice que no a Federico Jiménez Losantos. Rosa ya no sonríe.
Muerto el tertuliano de Garci, prohibido el humo y el whisky y la merca en la tele pública. Anacleto con acné, Nicolás, Mas y los juegos de manos bajo la estelada. El chico del twitter que salía en siete vidas, el pensamiento único de las coletas, el blues del socialismo que se toca con una guitarra eléctrica de dos euros. Todos llamando a las puertas de un cashconverter a comprar con dinero prestado, nadie dice nada.
Hijos de la miseria que se apresuran a vender la Moncloa saldada y llaman elecciones a una subasta trucada que solo ofrece plusvalía a los corruptos.
¿Ey man, cuál es mi cámara? ¿Este es mi plato?
Ellos, con sus dientes afilados, sus gafas modelo Díaz Miguel y sus proclamas sacadas de la Bruja Avería, pancarteros, aspirantes a caciques enfangados en la absenta barata de la superioridad, líderes futuros que solo leen resúmenes de otros, papel mojado, ¿y la europea? La europea tu puta madre.
Mi vida dentro de la habitación del pánico, Babilonia, Ateca, en la autovía hay pintadas de Jesucristo en la vereda,
cada día, cada día que paso espero que los ojos de glaucoma de la niebla se alimenten de mi cuerpo interino. Mamá no tengo cobertura en la habitación del pánico.
Cuando Lola Flores se despertó de la anestesia, Peret llevaba un millón de años muertos y Antonio Machín sigue cantando a los angelitos muertos que no dejamos marchar. Cuando Lola se despertó dijo: ¿Por qué me habéis traído de vuelta? En mi sueño estaba en el bingo. Joaquín va a la gasolinera de Alfaro en Albacete. Tienen comida china y subfusiles, dinero y gasoil. Cuchillos que marcan el final de España.


Cuando iba a disparar sobre la bestia me di cuenta de que no era más que un profesor vigilando el recreo. Miraba a los alumnos, quería arrancarles el pitillo de la boca y darle una buena calada. Quitarme el plumífero y prenderle fuego. Quería meter la mano en el bolsillo de los pantalones y notar cómo se me ponía dura el alma. Ver cómo un charanguito se folla a la novia de De Juana. En Venezuela. Mamita, en Venezuela se cogen a las chicas de los etarras, se las cogen por detrás. Yo quería despirar y no me quedaban balas, quería que alguien me arrancara la responsabilidad por las bestias de mañana. Los veo en el patio, corriendo, puestos de coca cola y energy y su hambre ya no es el mío. No es mi problema, ya estaba así cuando llegué.


No es ningún capricho, hemos perdido la guerra cuando ya no había más guerras que perder. Quemábamos los puentes antes de llegar, te esperé en el apeadero de Purroy, la luz era tan débil como el aliento de una luna que se muere. Te esperé hasta que no hubo más trenes y las plantas crecieron e invadieron la casa del hombre que movía las agujas. Te esperé alimentándome de insectos que se alimentaban de mí. Mi corazón desentrenado no puede amar con salvajismo y dejé mi vida tan atrás que ya no recuerdo el nombre del hombre que quería ser, esa es la verdad. La verdad que no querrás escuchar, como esa sangre no es mía, deja que te limpie.
En la frontera de Melilla hay carteles que avisan del peligro de las mujeres de uniforme ensañando el Corán a los transeúntes. Es hermoso que alguien todavía espere algo del cielo. Todos los huecos milenarios entre las nubes escriben el nombre de mi madre y falsifican Guardias Civiles al otro lado. La pirámide con barbas en los techos es la guía para la avioneta que devuelve a mis padres a la península casi cuarenta años, no me moví, estuve esperándolos, nadie me dijo cómo parar.
España, si soy nadie, por qué escucho tu voz pidiéndome ayudar. En Lanzarote, llega la sed y las alimañas nos arrastramos bajo la ceniza para morder las uvas agotadas, en Palma encuentro a Ray Loriga abrazado a un millón de latas de cerveza. El recuerdo es un arma que se atasca con demasiada frecuencia. En León todavía hay caballitos de mar en fondo de los vasos de ginebra y en Vigo esperan que la Santa Compaña los devuelva a Germán Coppini.

Todos somos actores en esta pesadilla de Fernando Arrabal: en la piscina de una pasión de Pedralbes flota el cadáver de España y todos quieren apuntarse el tanto. Vamos, Pau, vamos. 

martes, 29 de septiembre de 2015

Interino 16: El silencio de la primera vez


Mi primer alumno muerto se llamaba V. y era medio brasileño. Se sentaba en primera fila y siempre sonreía. El instituto era bastante duro, en un barrio obrero en la capital y me había tocado la peor clase. Todos los que alguna vez han dado matemáticas saben que las de cuarto de ESO opción A y el primero de bachillerato de ciencias sociales acumulan jóvenes aburridos, promedios desorientados y algún pasado que recicla su tiempo en jodienda puntual. Primero de bachillerato y alguno me tocaba palmas, otro era un mito en los videojuegos online y pasaba la mayor parte del tiempo dormitando en clase. No había manera de rendir si te habías acostado la noche anterior en esa horquilla imprecisa que va de las cuatro a las cinco. En realidad yo también lo hacía. Para un año en el que no había que conducir nadie iba a detener mis últimias capacidades creativas. Había sustituido la gasolina de las siete y media en la rueda por el vodka con zumo de naranja. Había un imbécil que se sentaba en la última fila y se abanicaba con una hoja de papel arrancada del cuaderno. Uno puede aguantarlo todo en una clase excepto el numerito de la papiroflexia folklórica. Era el segundo día de clase y yo tenía un poco de resaca. Me acerqué a él, coloqué las manos sobre el pupitre y jugué en el límite del espacio de confort personal. ¿Puedes dejar eso? ¿Por qué? Porque lo digo yo. No te metas con él, me dijo la jefa de estudios. No viene mucho por el instituto, trabaja y espera que lo aprobemos solo por eso. Héroes de clase obrera de saldo. Esa es mi especialidad. V. era un buen chico, hasta estaba matriculado en Religión. Era de los que salvaba aquella clase árida dedicada a las integrales y las matemáticas financieras. Era tutor de segundo de la ESO y el padre de uno de mis alumnos acostumbraba a venir por sorpresa al instituto impregnado en coñac. Yo aguantaba el tipo y lo subía a jefatura de estudios. Rezaba por adelantar las horas y poder salir a fumar al parquecillo que rodeaba el instituto. El parque tenía nombre de grupo de rock de los ochenta. Nunca me han sabido tan bien los marlboro light. A V. lo encontraron muerto después de casi un mes desaparecido. Después de un cotillón de Nochevieja en la zona de la Exposición Universal se había encaminado a su casa y nunca llegó. Casi al final del curso entré un día en clase y el cachondeo era épico. Habían encontrado en internet vídeos de actuaciones de la banda en garitos de la ciudad. Habían recortado cartones a modo de pancarta e incluso algunos habían improvisado sobre sus camisetas mensajes de amor apasionado hacia la banda. Escuché sus risas unos minutos y luego seguimos hacia delante. Todavía quedaban un buen montón de distribuciones de probabilidad por ver. Sus amigos colgaron de twitter fotos de V. antes de la fiesta. Era un chico alto y musculoso, con una sonrisa blanquísima y la tez oscura, casi mulato. Iba elegante con aquel traje. Había empezado a estudiar económicas o empresariales, no me acuerdo. La policía le echó el alto bastante lejos de su barrio. Iba bastante bebido después de una noche de barra libre. Después de aquel encuentro nadie volvió a verlo vivo. Explica a cuarenta adolescentes desatados que el profesor de matemáticas recita sus poemas en escenarios como si no hubiera un mañana. Se tumbó a dormitar en un aparte del camino, bajo un puente, en la noche heladora del primero del año, con una americana fina a modo de almohada. Cada vez que me como las uvas y beso a mis padres y a mi hermana trato de no pensar cómo se me atragantarán el día que alguno falte. Desde que murió mi primer alumno miro a los jóvenes sin envidia alguna con sus pelos en pico y sus labios muy pintados camino de sus cotillones. Cuando encontraron muerto a V. yo estaba en otro instituto, en otro barrio y solo recordaba que me había hecho aquella clase, aquel año más fácil. Cuando sus amigos colgaron las fotos de twitter acabé llegando a su perfil. Allí encontré unos cuantos tweets intercambiados con sus compañeros de pupitre. Había subido una foto de mi banda y abajo escribía: "¿Os acordáis el día que encontramos esto? Jajaja". Lo siento mucho, chaval.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Interino 15: Los veranos del interino


Los veranos de interino son como cualquier otro verano. Buscamos una excusa para evitar el miedo a septiembre, a la lotería del destino. Me muerdo el labio cada vez que me marcho por la puerta de un instituto. No me gustan los cambios. Lo mejor de los veranos de interino son las librerías de los lugares a donde vamos. A. quiere ver Iglesias y cosas importantes. Yo solo quiero pasar un rato entre los libros del lugar: me acuerdo de una librería en Lanzarote, en Arrecife. Tenía viejos libros ilustrados de la colección La Máscara. El dueño resultó ser de Zaragoza. Nos enseñó la parta de atrás, su almacén. Era una pequeña revuelta pasiva, conservaba ejemplares de la colección Austral entre los montones de los libros de texto. Odiaba vender libros de conocimiento del medio y de matemáticas. No le dijimos que éramos interinos esperando el final del verano.


Recuerdo una librería en Cuenca en la que buscaba San Camilo 1936 y acabé comprando un libro de artículos de Francisco Umbral que no conocía. En la mesa de las novedades un ensayo sobre la Patrulla-X y un libro de relatos celtas de Chesus Yuste editado por Xordica. También había tebeos de la Guerra de las Galaxias. Recuerdo pasar del FNAC de Callao a un puesto en el Rastro, recuerdo Valderrobres boxeando en la medianoche. Recuerdo la librería de Teruel, con Mario y una antología de poesía lésbica, con el aliño de una biografía de Antonio Carlos Jobim. Recuerdo a Eugenio en Alcañiz, recuerdo que cuando nuestro amor empezaba Eugenio nos recibió en un parque de Barcelona. Recuerdo comprando cintas de cassette en Gerona y recuerdo libros de ciencia ficción en Cambrils. La belleza de plástico transparente de aquella librería junto a una pescadería al por mayor. Recuerdo las miles de librerías que había en Salou y buscar contigo sus restos como arqueólogos desahuciados. 

Recuerdo las librería de París, la de Amsterdam y las de Bruselas. Recuerdo una librería que era una Iglesia y un tienda de cómics de línea clara. Recuerdo la rabia que me da cuendo veo tantos libros y no puedo leer ninguno. Recuerdo una biografía de Eddy Merckx que me compré en Lieja. Olía tanto a humedad que podría haberlo lanzado Roger de Vlaemink a la cuneta al acabar la Paris-Roubaix. Hablaba de "El Caníbal" como de una joven promesa. La biografía terminaba en el año 1966. No había ganado todavía su primer Tour de Francia.

Yo te amé en Bruselas. Te amé porque sabía que el final siempre está acechándonos. Te amé porque me quitaste la muerte de la boca con un beso. Yo te amé en Bruselas, te amé mientras Spirou nos miraba desde la ventana, te amé en Namur, te amé en Huy. Te amé cuando rompiste frente a mí un pasaje a Las Marquesas.

A la altura de mayo uno empieza a contar los días: esto se acaba, chavales. Intento dormir y doy vueltas una y otra vez en la cama. Me imagino bajo una lluvia ligera en la última madrugada de la noche, cuando las luces de las farolas reflejan la rabia de los recién despertados. Esta fiebre de vivir. Tengo los dedos tan manchados de ceniza que no puedo darle al F5 y volver a actualizar.


viernes, 18 de septiembre de 2015

Interino 14: Jóvenes en pie de guerra


Cuando vamos en rueda de coches pasamos frente a muchos prostíbulos tristes. Casi es un epíteto, lo de la tristeza en las whiskerías. Cuando trabaja en la SAICA, desde Zaragoza hasta el Burgo de Ebro pasábamos frente a uno que se llamaba El Euro. Los técnicos de laboratorio hacían bromas contínuamente con el nombre y la calidad de los servicios. Los más jóvenes tenían pinta de ser vírgenes. Y eso que el sueldo no era nada malo por entonces. Entre Ateca y Calatayud hay un puticlub en T. Siempre que paso es de día y está cerrado. Tan cerrado que parece abandonado. A. me dice que en los pueblos los solteros mayores no tienen muchas opciones. Algunos, me cuenta, bajaban andando los domingos hasta allí. Euro, el Dólar, Copacabana.

La pereza del sexo de pago. Algunas veces, muy pocas en realidad, todos los bares se cerraban y estábamos demasiado lejos de la estación del Portillo, así que Sergio y yo seguíamos bebiendo en los clubes de señoritas que había por la ciudad. Recuerdo uno en la calle peatonal que unía Manifestación con Prudencio. No había vicio, era simplemente ansiedad alcohólica y de conversación. Más bien alergia a la cama. A la casa vacía. Un par de horas más tarde, con una ducha y mucho sueño, pasaba por delante del Euro camino de SAICA. Todo era borroso. Yo vivía en un piso viejo cerca de la calle Bretón, un piso muy grande y muy vacío. Recuerdo que las cervezas de aquel prostíbulo eran caras y casi no tenían gas.

Íbamos en rueda de coches, al instituto, no muy lejos, menos de 100 km, un poco más, tampoco pasa nada. Apretujados y somnolientos, el silencio era un bien preciado. A veces veíamos a otros compañeros esperando su vehículo, el vehículo de otros. La niebla en los huesos. Yo los veía y pensaba en los clubes cerrados, en los clubes por cerrar y en cómo todos terminábamos solapándonos: cuando trabajaba a turnos, me levantaba a las cuatro y media e iba caminando hasta la Avenida Cataluña recorriendo el centro de Zaragoza. Tocaba trabajar los sábados y los domingos. Había noches que se convertían en mañanas por voluntad propia. A veces esquivaba a conocidos que no me reconocían.


Como en un sistema de cama caliente absurdo: las putas a la cama cuando se levantan los profesores.