viernes, 29 de abril de 2011

EDS

Vuelvo de mis vacaciones de Semana Santa con una noticia agridulce: el cierre en la próxima primavera de uno de esos bares que han permitido a Zaragoza acuñar su breve carácter cosmopolita a base de horas de barra, La Estación del Silencio. Boch y Antonio, Antonio y Boch, supervivientes de la resaca heroica con poesía, cócteles y buen rock and roll dicen adiós ahogados por la política antihumos -qué contradicción, ¿no?-, y por inanición provocada por horas demasiado tempranas de cierre. La Estación del Silencio amalgama épocas, anécdotas y personajes como sólo los garitos referenciales pueden hacer. Casi todas las noches de mi adolescencia, cuando volvía a casa de mis padres, pasaba por delante de sus puertas herméticas e imaginaba algarabías interminables, fascinantes arabescos de absenta y tecnopop, material propio del panteón del buen vino. La primera vez que entré en la Estación llevaba en las manos el primer número de un fanzine, Confesiones de Margot, y recuerdo, como si fuera ayer, que Antonio Estación me compró un ejemplar y charló un buen rato conmigo, un crío imberbe que jugaba a ser maldito. Recuerdo a Sergio Algora en el desmadre pánico de la presentación de su primera obra de teatro, el cumpleaños de Félix Romeo, cuando me regaló su libro “Amarillo”, a los dos Luises, Cebrián y Díez, a Valtueña y Marisa, a Óscar, Patricia, Sole, a Pepa, claro, a mi hermano mayor Santi Rex, la bondad personificada. Yo, que soy ciudadano de tercera generación del estado estacionario, guardo parte de mis mejores momentos en carpetas y recortes, alimento de una memoria emocional que, como todo lo efímero, alcanzará categoría de mito con el paso de los años. No sé a quién, pero seguro que dentro de unos lustros, contaré que yo fui feliz muchas veces allí, en La Estación del Silencio.


Columna aparecida el jueves 28 de abril de 2011 en el Heraldo de Aragón

1 comentario: